miércoles, 14 de diciembre de 2011

Paloma, palomita

"... la Patria no ha de ser para nosotros
nada más que una hija y un miedo inevitable
y un dolor que se lleva en el costado
sin palabra, ni grito.
Por eso, nunca más hablaré de la Patria".
(Leopoldo Marechal)
.....................................

Paloma, palomita
paloma, palomay.

Pequeña rosa blanca,
temblando en mi balcón
que sea tu perfume
de flor enamorada
el que le hable de mi amor.

A aquella bien amada
que vive en mi canción
y es tan hermosa y clara,
como ninguna y nada
jamás recuerde yo.

Hay quienes la han nombrado
quitándole el honor
y oscuros encerraron
con muros y candados
su noble corazón.

Pero otros sin embargo
en nombre del amor
rompieron sus cadenas
quitándole la pena,
pidiéndole perdón.

Nosotros los iguales,
los nadie, si señor,
ahí vamos al amparo
de su amoroso manto
regándole la flor.

Corazón de pájaro



Mi canoa va, por el río va
hacia el sur del cielo
del atardecer que huele a jazmín
y me duele adentro, mi canción
otra vez, va buscando lejos
la cuñataí, que no sé si fue
como quiso ser como pudo ser.

Mi canoa va, por el río va
todo es tan incierto,
aquel saucedal será el mismo que
abrigó mi sueño de cantar
al amor que busqué viviendo,
qué difícil fue de pronto crecer
sin dejar de creer, sin perder la fe.

¿Dónde está el zorzal que cantó en mi rama?
Se fue con aquel río que arrasó,
con la primavera del sol que estalla
y con la esperanza de mi canción.

Mi canoa va, por el río va,
tal vez no sea cierto
que perdí el zorzal que en el saucedal
me cantó allá lejos.
Otra vez volverá, sé que volverá,
la esperanza aquella que nos empuja
a seguir luchando con los demás.

Volverá, sé que volverá
la canción más bella a soltar sus alas...
corazón de pájaro en libertad.

martes, 13 de diciembre de 2011

El pájaro


Mirenme a la vida vuelvo ya
leirelore leirolei, lei lei, pajarillo,
tú me despertaste
enséñame a vivir.

En un abismo yo te esperé.
Con el abismo yo me enamoré.
¡Pájaro me despertaste!
¡Pájaro no se porqué...!

Mirenme a la vida vuelvo ya
leirelolei leirolei leilei...pajarillo,
tú me condenaste a un amor sin final.

En un abismo yo te esperé.
Con el abismo yo me enamoré...
¡Pájaro me despertaste!
¡Pájaro no se porqué!

Mirenmé a la vida vuelvo ya
leirelorei leirolei, lei lei,pajarillo,
tú me condenaste a un amor
sin final.

En un abismo yo te esperé...
Con el abismo yo me enamoré.

¡Pájaro me despertaste!
¡Pájaro no se porqué!

¡Pájaro...yo se porqué!
Mirenmé a la vida vuelvo ya!

Mirenmé a la vida vuelvo ya...!
leirelorei leirolei, lei lei

sábado, 8 de octubre de 2011

Aves ciegas

Torturan a tus ojos sueños viejos
y angustias que se empeñan en golpear
las puertas de tu miedo y de mi miedo
con lagrimas que no se lloran mas.
Arrastran los fantasmas del silencio
las dudas que te obligan a callar
tus pobres esperanzas de un mañana
delante de esta torpe realidad.

Nacimos en la lluvia y el delirio,
crecimos junto al borde del final,
temiendo despeñarnos cada dia
perdidos no supimos ya soñar...
Llevamos aves ciegas en la sangre,
volando en su vuelo más fatal,
se niegan otros cielos se lastiman
golpeando con sus alas el cristal.

Se rompen uno a uno los pecados
que ya resulta absurdo hasta pecar,
tan solo hoy nos une este cansancio
y un loco miedo extraño de llegar;
aguardan mil andenes resignados
regresos que no hemos de intentar,
no somos pasajeros de la vida
tan solo moriremos nada mas.

miércoles, 21 de septiembre de 2011

¡Ay Paloma!



Ay Paloma!
Que bajas a las ramblas
De Barcelona
Con la muerte en las alas
Sola.

¡Ay cigüeña!
Que sobre un campanario
Por Valdepeñas
Asoleando tu nido
Sueñas.

Fui peregrina feliz
De luz española y después
Con muerte en el alma,
Ave que se desploma.
Tanto amor quién me lo quita
Tanta dicha quién me roba.

Golondrinas
Que volverán oscuras
Siempre a Sevilla
Dibujando en el cielo
Rimas.

¡Ay gaviota!
San Fernando de Cádiz
Deslumbradora
Te espero como blanca
Proa


Fui peregrina feliz
De luz española y después
Con muerte en el alma,
Ave que se desploma...
Tanto amor quién me lo quita
Tanta dicha quién me roba.

domingo, 11 de septiembre de 2011

martes, 6 de septiembre de 2011

El cisne negro


Con mi caballo a veces
nos vamos lejos
por los cerros azules,
por los esteros...

Mi caballo es la estampa
de un cisne negro;
con los cascos, apenas
si toca el suelo...

Yo soy apenas triste,
y apenas cierto...
Con mis coplas apenas
si toco el cielo.

Me gusta el trote largo,
duro y parejo,
que repica en las ricas
copas del freno...

Me gusta el galopito
bien comadrero
que hace brillar de antojos
los ojos negros...

Me gustan las muchachas
de junto al viento,
con resabios de luna,
miel, y silencio...

Cuando al pasar los ranchos
les tiro un beso,
parece que lo buscan
mirando al suelo...

Y mirando se quedan
cuando me alejo
por los cerros azules,
por los esteros...

Mis pilchas son de plata,
yo... soy de tiempo.

Mi caballo es la estampa
de un cisne negro.

Pájaro lluvia

A veces traigo, mensajes lejanos.
Mensajes de hombres descalzos
y a veces traigo mensajes de magia,
entierros, costumbres, la raza.

Y un puñado de memoria,
que duele y queda,
por cada grito bajo la tierra.

Por cada charco de sangre y lanza.
Pájaro Lluvia, no ha quedao' nada.

Y a veces canto canción de hachero,
que huele a charco.
Grito y derrumbe en los quebrachos,
hombre sudando.
Sudor ajeno todos los días en las miserias.
Toda una vida, hierba y tabaco, hachando penas.

Y un puñado de memoria,
que duele y queda,
por cada grito bajo la tierra.
Por cada charco de sangre y hacha.
Pájaro Lluvia, donde hay mañanas.

Y a veces lloro, canción de niño
pielcita y hueso.
Canción de madre, pañuelo blanco, hijo desierto.
Siempre los mismos son los que sufren, los mismos pueblos.
La misma historia, los olvidados.
Sombras del tiempo.

Y un puñado de canciones,
que duele y quedan en la garganta de nuestra tierra.
Cada semilla de vida amarga, será algún día.

Pájaro Lluvia...
Fuego y corazón
en la tormenta

Hasta que el día
Cada semilla de vida amarga,

Pájaro Lluvia...
será algún día.
Fuego y corazón
en la tormenta

viernes, 19 de agosto de 2011

El árbol de los pájaros

Alegría en el bosque

El canto del cachurrero

Gallito de agua

Concierto en la isla

Triste canta el crespín

Carpintero cantor

Allá lejos y hace tiempo...


Cap VIII:

A menudo, nuestros vecinos gauchos, cuando yo hablaba con ellos sobre
pájaros —sabiendo que ese tema me interesaba más que cualquier otro—
preguntábanme si yo había oído alguna vez la canción o el cuento del benteveo,
pájaro muy común en el país, que tiene el lomo marrón y la parte de abajo de
color amarillo azufrado, luciendo una cresta o copete, y ostentando en la cabeza
listas blancas y negras.
Es un poco más grande que nuestro "carnicero". Al igual que éste es rapaz
en sus costumbres. La cara rayada y su largo pico, como el martín pescador, le
imprimen un peculiar aspecto de sabio y astuto. El efecto es aumentado por el
largo y trisilábico canto, constantemente articulado por el ave. De dicho canto
deriva su nombre de bienteveo. El está siempre comunicándonos que se halla
presente y que ha puesto sus ojos encima de nosotros, por lo cual debemos ser
más cuidadosos en nuestras acciones.
El bienteveo, necesito decirlo, era uno de mis alados favoritos, motivo por el
cual pedí a mis amigos gauchos que me refirieran el cuento, que tanto
comentaban. Sin embargo, no conseguí una completa narración. Muchos hombres
lo habían oído. Ninguno recordaba el poema entero. Únicamente me podían decir
que se trataba de un relato muy largo. Más adelante colegí que era algo así como
la historia de la vida de ese pájaro y sus aventuras entre sus congéneres. Deduje
que el bienteveo siempre estaba tramando picardías y cayendo en apuros, pero que
invariablemente escapaba del castigo.
De todo lo que pude oír saqué enen consecuencia que pertenecía aquel cuento
al tipo del de Reynar el zorro, o al de los relatos gauchos referentes al peludo,
explicando cómo este singular animalito siempre consigue engañar a sus
perseguidores, especialmente al zorro, que se considera a sí mismo el más
inteligente de todos los animales y tiene a su honesto y torpe vecino, el peludo,
como a un zonzo de nacimiento.
Los viejos gauchos me informaban de que veinte o más años atrás, había
gente que recitaba con frecuencia "relaciones", en las que encontrábase incluida la
historia entera del bienteveo. Buenos payadores abundaban también en mis
tiempos. En los bailes había siempre uno o dos, que divertían con largos cantos o
recitados en los intervalos. Repetidamente procuré indagar entre muchos de los
que poseían mayor talento. No encontré ninguno que supiera la famosa balada del
bienteveo, y al final abandoné la búsqueda.
En lo que concordaban todas las historias que oí, era en que un hombre
acusado de un grave crimen, condenado a sufrir la última pena, mientras
aguardaba por largo tiempo su cumplimiento en la cárcel de la capital, se
entretuvo en componer la historia del bienteveo. Considerándola bien hecha,
regaló el manuscrito al carcelero, en reconocimiento de varios servicios que éste
le dispensara.
Aquel condenado carecía de dinero y de amigos que se interesaran en su
favor; pero, ya he manifestado, que, a la sazón, no se fusilaba a un criminal
inmediatamente de dictada la fatal sentencia.
Las autoridades preferían esperar, hasta que hubiese una docena o más para
ejecutarlos. Entonces se les sacaba de la prisión y se les ponía en fila contra el
muro exterior, colocando en frente un piquete de soldados armados de fusiles. Los
soldados, después de cumplir su cometido, cargaban de nuevo sus armas y
aproximándose a los caídos, les aplicaban el "tiro de gracia" a quienes parecían
tener aún vida, Y tal porvenir esperaba a nuestro prisionero.
Mientras tanto, el poema circulaba. Lo leían con inmensa fruición varias
personas de las que constituían las autoridades. Una de ellas disfrutaba del
privilegio de acercarse al dictador, y pensando que podía proporcionar a éste una
pequeña distracción, tomó el poema y se lo leyó. Rosas quedó tan encantado de
aquella lectura, que perdonó al condenado y ordenó su libertad.
Todo esto, supongo, debió haber sucedido, por lo menos, veinte años antes
de que yo naciera. Llegué empero a la conclusión, de que el poema nunca fué
impreso, porque de ser así, hubiera llegado a mis manos. Creyendo que algunas
copias pudieran encontrarse en poder de los payadores, continué buscando...

Malambo del hornerito

El amigo de las aves



Voy entonar estas coplas
para nombrarlo al cantor,
se llama Juancho Chiviro
y canta que es un primor.

Me despierta a la mañana
y anuncia que amaneció,
y sigue cantando afuera
mientras espera la ración.

Soy amigo de las aves
pero sin jaula señor,
tengo un patio bullanguero
donde mateo con amor.

Grita el bicho feo,
canta el cardenal
silba la calandria,
canta el zorzal.

Soy amigo de las aves
pero sin jaula señor!

Los amansé sin apuro
con las sobras del mantel.
El Chiviro fue el primero
y luego todos tras él.

Hay quienes en una jaula
el canto quiere encerrar
pero en prisión nadie canta
solo se puede llorar.

Soy amigo de las aves,
pero sin jaula señor.

jueves, 18 de agosto de 2011

El tero




Además del nombre más común de esta zancuda, tero, Lisandro Segovia cita en su “Diccionario de argentinismos” los siguientes: En guaraní, teteu, terotero y teruteru; en el Brasil teu teu y quero quero; en Chile queltregüe o quiltrehue, que es voz arancana, seguramente, y en el Perú, güerequeque. Es de nuestras aves más populares, incluida destacadamente en la literatura y el folklore. Nombre técnico (Belonopterus chilensis lampronotus).

Picazo-overo, alertero,
el tero de buena pinta,
alto, erguido y adornado
con airón de pluma fina.
Junta en sus modalidades
la audacia con la malicia
y quiere arreglarlo todo
con su grito y su política.
Arrimado a las aguadas,
en tierra baja se afinca,
donde con su buen discurso
halla lo que necesita.
Ni árbol, ni cueva, ni hueco
ni matorral lo cobijan;
quiere el horizonte abierto
y al raso para la vida.
Pone tres huevos overos
en el hoyo donde anida
y a veces unas virutas
de resaca al nido arrima.
Para ocultar la nidada
muchas mañas utiliza,
agachadas y amenazas
y graciosas picardías.
Saluda atento a los perros
aunque no le simpatizan
y pronto lleva sobre ellos
acrobacias agresivas,
o al carancho pone en fuga
con ágil acometida.
El rojo espolón del ala
es un arma siempre lista.
Siempre al tope de la noche
su bulliciosa vigilancia.
Tero, qué tero alertero
que por cualquier cosa grita.

El picaflor




Hay en toda América unas seiscientas especies de picaflores o pájaros moscas. En lenguaje técnico se los ha llamado Topaza (Topacio), Chrysolamps (brillo de oro), Lampornís (ave brillante), Calhotorax (pechuga hermosa), etc. Se alimentan del néctar de las flores que succionan con la lengua y de pequeños insectos. Hacen su nido en alguna ramita y a veces sobre la punta de una hoja, empleando fibras, musgos y telarañas. En la colección ornitológica de Entre Ríos figuran el picaflor bronceado (Hylocharis chrysura), elpicaflor verde (Chiorostilben sureoventris) y el picaflor azulado Heliomaster turciter).

Picaflor, pájaro, mosca,
picamirto, colibrí,
rondaflor, pájaro abeja,
tominejo, guanumbí,
zumbador, tente, tumiño,
sunsún, rundún, mainumbí.
En juego de tornasoles
juega el lujoso matiz.
Si él eligió esos colores
se ve que supo elegir,
vistosa seda flamante,
verdiazul, rojirrubí.
Las flores se secretean
cuando lo miran venir.
Vestido con esas galas
quien se puede resistir!
Con gracioso atrevimiento
estira el pico sutil.
Al canto no lo precisa
su modo de seducir.
Sagaz buscador de néctares,
pequeña vida feliz,
va volando volandero
por la rosa y el jazmín.
Chispa de estrella graciosa
irisando el aire gris.
Estela de rumor tierno
va dejando tras de sí.
Desprendido del paisaje,
diminuto y varonil,
luce su oficio de pájaro
tan entregado a vivir.

El Martín Pescador


En la Argentina existen tres especies de esta alcedínida –de distintos tamaños- y las tres se encuentran en Entre Ríos. El Martín Pescador mediano es el Chloroceryie amazona. Hay diferencias en la coloración del plumaje entre uno y otro sexo, siendo el de la hembra el menos vistoso.

Retacón, pura cabeza,
con esa facha parece
tras de feo, medio zonzo;
más de zonzo nada tiene.
Tiene el pico agudo y recio,
blanca gola y blanco vientre,
el pecho marrón rojizo,
lomo verdoso luciente.
Ríos y arroyos recorre
y entre árboles se detiene.
Cuando de anidar se trata
la barranca lo guarece,
donde hace a su modo un túnel
sin ningún inconveniente.
EL oficio de la pesca
lo alimenta y lo divierte.
Aunque es de los que se mojan
la vez que pescado quieren,
tiene viveza y recursos:
sale con la suya siempre.
Sujeta el vuelo en un punto
sobre la lenta corriente,
mientras hunde la mirada
descubridora de peces.
De pronto como flechazo
en el agua se sumerge
-fijo el ojo, listo el pico-
y, como el tino no pierde,
con un blanco pececito
al instante reaparece.
Con lo lindo de sus días
de tanto en tanto se yergue
y e su canto de matraca
toda su alegría enciende.

El jilguero



Este pajarito que abunda en algunas zonas, está clasificado con el nombre de Sicalis flaveola pelzelni. Anda generalmente en bandadas y, como además de los insectos, le gustan los granos, visita los trigales, arrozales y sembrados de alpiste.

He visto cruzar la tarde
en vuelo bajo al jilguero
en bandadas melodiosas;
mientras –celeste tropero-
a silbidos y pechazos
repunta nubes el viento
y amontona soledades
sobre el vasto campo quieto.
Briznas de cielo en el pico,
briznas de sol en el pecho,
sombra de nube en las alas.
aire gracioso en el vuelo;
el trino, música tierna
donde se acuna el silencio,
y hebras de amor en su nido
cuando llega el dulce tiempo.
Entre qué débiles cañas
qué nidito tan pequeño!:
sutil trama primorosa
entre el milagro y el sueño,
como si la misma brisa
lo sostuviera en sus dedos.
Y cuando ya los trigales
aprontan su oro moreno,
los pichones creciditos
ensayan tocar el cielo.
Y se agrandan las bandadas
y, en los días de sosiego,
todo el paisaje se endulza
con música de jilgueros.

El casero



En distintos trabajos y referencias sobre el casero se registran los siguientes nombres: En el Uruguay y Provincia de Buenos Aires: horneros; en Santiago del Estero y Tucumán, casero y hornillero; en Salta, casero, lo mismo que en Entre Ríos; en Córdoba, San Luis y Catamarca, caserita; en La Rioja, catalina; en Corrientes y en Chaco, alonsito; en Misiones, ogaraltig, voz guaranítica quie significa casa nido; en Brasil, Joao de Barro; en el Paraguay, alonsito. Es uno de los pájaros más populares de la Argentina. Nombre técnico: Fumarius rulos.

Con voluntad, con baquía,
con amor y con esmero,
en lugares elegidos
hace su casa el casero.
Cuando no le dejan árboles
él procura asidero
de un horcón, una cumbrera
o algún poste de telégrafo.
Con fe cumple su destino
y, animoso y desenvuelto,
si le destruyen el nido
él lo construye de nuevo.
En ese rancho seguro
no lo asustan aguaceros,
ni el pampero lo atribula,
ni les teme a los inviernos,
ni el morajú que es tan diablo,
se vio de puertas adentro.
Si en el monte o en la isleta
alguien perturba el sosiego,
lanza su punzante alarma
que enciende vagos misterios.
Cuando festeja la lluvia
da gusto escucharlo y verlo:
la alegría se le sube
por la voz y por el cuerpo.
Laborioso, alegre y libre
luce su overol modesto
del color que le conviene:
barro aclarado en el fuego.
Y al barro le casa brillo
su arte de fino arquitecto.
Barro familiarizado
con la luz y con el cielo,
que se le entrega y no mancha
su limpia vida de obrero.

El cachilo



De Entre Ríos y Corrientes se llama cachilo a la especie que en ornitología se denomina Zonotrichia capensis argentina. Nombres vulgares en otras regiones: chingolo, chingol, chuschin, etc. Pone cuatro huevos de color azulado con manchitas pardas.

La soledad campesina
se decora con su gracia.
Por los patios suele andar
picando y salta que salta;
como jugando se allega
al mortero a buscar granzas;
vueltea por los corrales
o al campo libre se larga.
Su nido de paja y cerda
oculta bajo una mata.
El llano limpio le gusta
para vivir a sus anchas,
pero en el monte lo mismo
su alegría desparrama
y a los parques ciudadanos
hace también su entrada.
Cantando se desempeña,
aunque no es cantor de fama.
Chuí-chío-chío-chír…ese canto
encendido en la mañana,
acendra agrestes sabores,
zumos dormidos levanta,
quema pétalos de cielo
y virutas perfumadas.
Cuando en el hondo crepúsculo
de pronto el cachilo canta,
dicen que el viento sur viene
cantando en esa garganta.
La campiña por su canto
circula suaves fragancias
y suben profundos jugos
de la soledad callada.

El carpintero



El nombre del carpintero común o bataráz es Chrysoptilus melanolaimus perplexus. Hay distribuidas en la diversas regiones de la argentina unas veinticinco especies de carpinteros, de las cuales se hallan ocho en la provincia de Entre Ríos.

Como pobre, vive a saltos,
pero alegre y sin renuncios.
Sabe ganarse la vida
como obrero corajudo.
En medio de su pobreza
se empaquetó como pudo:
un ropaje bataráz,
pero bataráz de lujo,
y un bravo copete rojo
que lo empenacha de orgullo.
Requisa insectos y larvas
en los lugares ocultos;
y reserva de energías
para el constante ejercicio.
Hurga huesitos y hendijas
con entusiasmo prolijo,
sin perdonar una araña,
sin que se escape un bichito.
Y todavía lo encuentran,
picoteador, movedizo,
cuando el sol detrás del monte
quiere quedarse dormido
y desde el hueco de un árbol
lo está llamando su nido.
Las horas le salen cortas,
el día le queda chico.
Con el ardor del trabajo
y con la fiebre del brinco,
en la ronda bailadora
va tejiendo su destino.

El chorlito

En la Argentina hay diversas especies de chorlos, entre ellos el (Thinocerus rumicivorus), el chorlo pampa (Pluviales dominicus). En las colecciones del Museo de Entre Ríos se hallan representados el chorlito (Tringa solitaria cinnamonea), el chorlito manchado, el chorlo menor de patas amarillas,el chorlo canela, el chorlo cabezón y otros. La frase cabeza de chorlito expresa candidez, ligereza de juicio o falta de sentido razonador. Caer como un chorlito o dejarse agarrar como un chorlito, indica incapacidad revelada en determinado trance para oponer recursos defensivos frente a designios adversos.



Vestido de espuma y sombra;
el porte airoso y sencillo;
pequeñita la cabeza;
hurgador delgado pico.
Pone la nota más tierna
en las costas de los ríos
y con su presencia alegra
el arenal extendido.
Amador de las dulzuras
de los días de estío,
les saca el cuerpo a los daños
de los rigores del frío.
Por las playas se pasea
en el sol del tiempo lindo,
cuando la atmósfera tiene
caricias tibias y mimos.
Frente al vasto panorama,
junto al ancho espejo líquido,
en las mullidas arenas
hace en un hoyo su nido.
Muestra su esbeltez de flor,
frágil, delicado, erguido,
lleno de gracia inocente
por las márgenes del río.
Su confiada mansedumbre
no repara en los peligros.
Retozando y aleteando
en jubiloso ejercicio,
por la arena se expansiona
juguetón como un chiquillo.

El gorrión





La especie que abunda en la Argentina es el gorrión común (Passer domesticus). Pone generalmente cuatro huevos, de color grisáceo con pintas. Fue introducido al país por Sarmiento y se ha reproducido extraordinariamente.

El gorrión llegó hace mucho
desde muy lejanas tierras
y halló en esta tierra gaucha
para siempre su querencia.
Se hizo tan de estos lugares,
tan familiar su presencia,
que ya en el paisaje nuestro
tiene raíces eternas.
Se lo pasa cuchicheando
o cantando a su manera,
movedizo y muy orondo
con su humilde vestimenta.
Le gustan para anidar
las viejas casas de tejas,
los huecos de los andamios
y los pozos, las taperas,
los aleros apropiados
y también las alamedas.
Insectos y gusanitos
para alimentarse encuentra,
o confiado y desenvuelto
llega seguido a las huertas
sin preguntar por el dueño
a buscar verdura fresca.
No hay mal tiempo que lo achique
ni crisis que le haga mella.
Su alegría conversada
va por patios y azoteas,
escribiendo en el paisaje
su optimismo a toda prueba.

La tacuarita

La tacuarita es un pajarito movedizo, que anida en los huecos de los árboles viejos o de los postes de alambrado. Pone cuatro huevitos de un alegre color rosado con pintas. Asimismo se la llama ratona, debido a su color arratonado y quizá también por el modo que tiene de deslizarse. Nombre técnico: (Throgiodytes musculus bonariae). Hay otra especie: la tacuarita azul (Polioptila dumicola).


La Mañana por el campo
va rebalsando de sol,
Y la tacuarita se alza
con la mañana en la voz.
Alegría de la tierra,
melodioso corazón;
el paisaje se le rinde,
retratado en su canción.
Su canto es un agasajo
a la vida y al amor.
Apenitas tiene un cuerpo;
se le fue en trino y fervor.
Alma que ya se desalma
en purísima emoción,
por lo alegre y lo florido,
por lo lindo y lo mejor.
Tiene en el hueco de un poste
su nido, que es un primor,
sus huevitos parecidos
a su canto en el color;
viejito pero cuidado
su traje color ratón.
Por sobre los alambrados,
pájaro gaucho y cantor,
volando a vuelos cortitos,
cantando con voz mayor.
Su cuerpo tan chiquitito,
su canto tan sobrador
como si toda la vida
le corriera por la voz.

Pitanguá



El pitanguá o benteveo figura, en la clasificación científica , con el nombre de Pitanges sulfuratus bolivianus. Otros nombres vulgares; bien-te-ví, quintové, tristefin, todos los cuales son voces imitativas de su grito. En guaraní: Pitánguá.

Benteveo, bichofeo:
en Entre Ríos pitanguá,
en Corrientes pitogüé
y genteveo en San Juan;
quetupí en Salta le dicen;
en Mendoza pitojuán;
es tistihuel en San Luis,
es quitupí en Tucumán,
mientras los catamarqueños
lo apellidan quechupai.
Boina negra, vincha blanca
y un ponchito así nomás,
pero en el pecho le canta
florido miquichizal.
En árbol de buena altura
es gustoso de anidar,
sea un tala, un algarrobo,
un curupí, un ubajay,
un eucalipto, una acacia,
un sauce, un aguaribay.
Con pajas, lanas y plumas
hace un nido de admirar,
sea un tala. un algarrobo,
un curupí, un aguaribay.
Con pajas, lanas y plumas
hace un nido de admirar;
una choza redondita
de dar changüí al vendaval
y brindar a los pichones
abrigo y seguridad.
El sustento no lo aflige:
él se sabe rebuscar;
ni la langosta se escapa,
y también sabe pescar.
Todo lo festeja a gritos,
siempre entusiasta y tenaz.
En remesón de alegría
y efusión de claridad,
su festivo grito corre
por toda la vecindad.

El Biguá



Hay varias especies de biguá (del guaraní mbiguá). La más común de estas aves es la especie Phalacrocórax olivaceus. También es conocido en Entre Ríos el biguá víbora (nhinga) que difiere de aquel en el color y debe su nombre a las características de sucuello.

El cuerpo largo cubierto
de una vestimenta oscura;
fino cuello, pico fuerte
con la extremidad ganchuda.
Para su nido, entre arbustos
un lugar costero busca;
el nido es de ramas secas
con alguna que otra pluma;
la nidada es un tesoro
que celestamente alumbra.
Troncos que lentos navegan
como balsas vagabundas,
suelen sostener bandadas
que a secarse al sol se juntan.
La bandada en vuelo forma
larga hilera que se aguza
con apariencia de proa
que lleva un guía en la punta.
En zambullón, nado y vuelo,
acopia fama segura.
Es desconfiado y observa
todo cuanto le circunda,
obrando rápido apenas
un peligro se insinúa.
En su libertad se afinca;
en sus virtudes se escuda.
Enamorado del agua
donde tiene su fortuna,
en el agua diaria escribe
la familiar aventura
y por arroyos y ríos
sus alegrías pronuncia.

El Juan-Chibiro


El Juan-chibiro, o Juan-chibío (o Juan chivito según aparece en algunos textos) debe su nombre a su canto. También se la llama, en algunas provincias, pipitela, pepitero, etc. Nombre técnico:(Cyclarhis gujanensis).


Sencillo pero vistoso
se presenta el juan-chibiro:
plumaje pardo en el lomo,
vientre marrón desteñido;
largas chuletas oscuras
llegan al pecho amarillo,
y remata su figura
un casquete renegrido.

Inspecciona la arboleda
donde fabrica su nido;
leve aroma en paisaje
son los pétalos del trino.

De árbol en árbol repite
su nombre tan conocido;
lo dice desde los álamos
y desde los eucaliptos
y lo pregona en el vuelo:
Juan Chibiro, Juan Chibiro.

Ingenua música urgida,
delgado resorte rítmico,
fino rulo de alegría,
salta al aire su silbido.

En cada árbol que visita
sólo se para un ratito
y sigue su itinerario
después de hacerle un cumplido.
Bebe los jugos del día
mientras pule su estribillo.

Y siempre agrada escuchar
esa voz, que es voz de amigo
llena de emoción sencilla:
Juan Chibiro, Juan Chibiro.

miércoles, 17 de agosto de 2011

El hornero

La casita del hornero
tiene alcoba y tiene sala.
En la alcoba la hembra instala
justamente el nido entero.

En la sala, muy orondo,
el padre guarda la puerta,
con su camisa entreabierta
sobre su buche redondo.

Lleva siempre un poco viejo
su traje aseado y sencillo,
que, con tanto hacer ladrillo,
se la habrá puesto bermejo.

Elige como un artista
el gajo de un sauce añoso,
o en el poste rumoroso
se vuelve telegrafista.

Allá, si el barro está blando,
canta su gozo sincero.
Yo quisiera ser hornero
y hacer mi choza cantando.

Así le sale bien todo,
y así, en su honrado desvelo,
trabaja mirando al cielo
en el agua de su lodo.

Por fuera la construcción,
como una cabeza crece,
mientras, por dentro, parece
un tosco y buen corazón.

Pues como su casa es centro
de todo amor y destreza,
la saca de su cabeza
y el corazón pone adentro.

La trabaja en paja y barro,
lindamente la trabaja,
que en el barro y en la paja
es arquitecto bizarro.

La casita del hornero
tiene sala y tiene alcoba,
y aunque en ella no hay escoba,
limpia está con todo esmero.

Concluyó el hornero el horno,
y con el último toque,
le deja áspero el revoque
contra el frío y el bochorno.

Ya explora al vuelo el circuito,
ya, cobre la tierra lisa,
con tal fuerza y garbo pisa,
que parece un martillito.

La choza se orea, en tanto,
esperando a su señora,
que elegante y avizora,
llena su humildad de encanto.

Y cuando acaba, jovial,
de arreglarla a su deseo,
le pone con un gorjeo
su vajilla de cristal.

El picaflor

Run ... dun, run... dun ... Y al tremular sonoro
Del vuelo audaz y como un dardo, intenso,
Surgió de pronto, ante una flor suspenso,
En vibrante ascua de esmeralda y oro.

Fué color..., luz..., color... A un brusco giro,
Un haz de sol lo arrebató al soslayo;
Y al desaparecer con aquel rayo,
Su ascua fugaz carbonizó en zafiro

La tórtola montaraz


Bajo el denso tallar cuyo reposo
promete al alma soledad eterna,
se compunge su arrullo misterioso
en musical retumbo de cisterna.

Con un lento llorar de hoja marchita,
mulle el bosque otoñal pálida alfombra,
y en la queja recóndita palpita
el corazón profundo de la sombra.

Gloria solar


Al pie del tala inmóvil y sombrío,
rueda lentejas de oro el manantial,
y un canto, triolio, triolio,
rompe al sol de la siesta: el cardenal.

Brilla la brasa audaz de su copete
con un erizamiento casi cruel;
y su arrogancia de gentil cadete
florece en ella como en un clavel.

Mientras con perezoso cuchicheo
sopla el bochorno un hálito de fragua,
pule como un diamante su gorgeo,
sutil cristal en que se alegra el agua.

El halcón


Una sombra fugaz gira en el claro
y como si en su grito descorriera
un sonoro cerrojo, campo afuera
la avizora gallina busca amparo.

Vibra él, alto en los aires. El sol lustra
su atigrado plumaje cuando vira.
Punza, bravío, su ojo de oro. Y su ira
en un lamento lúgubre se frustra.

La perdiz

Su andar de doncella inquieta
pone la angustia del yerro
en las narices del perro
y el cañón de la escopeta.

Pero, al abrigo falaz
de la hierba fresca o mustia,
también tiembla en dulce angustia
su silbido montaraz.

Así, en tal desasosiego,
y ante todo azar perpleja,
su timidez empareja
con la gleba del labriego.

Atenta al más leve tris
que, agazapándose, escucha,
parece que la encapucha
la estepa del campo gris.

Todo el color que así pierde,
como en brillante renuevo
pinta su morado huevo
que en la martineta es verde.

Y tras el natal terrón,
o al despavorido vuelo,
zumba en su eterno desvelo
la saña del perdigón.

El cacholote

Agobia un árbol con la pesadumbre
de su nido de mal trabada leña.
Su erizado copete se desgreña
sobre el plumage de color de herrumbre.

Turbulento, parece que relincha,
sorbe al descuido el huevo de la clueca,
y a veces, su azulada pata seca,
algún robado pichoncillo trincha.

Suaviza un remoto eco de montaña
su pífano de rústica dulzura,
y parece aclararse de frescura
la honda felicidad de la campaña.

La torcaz


El pleno sol goza enhiesta
sobre un seco y alto tronco.
Desgrana en su arrullo ronco
su áurea mazorca la siesta.

El follage, más umbrío,
le ofrece en vano su toldo,
y en palpitable rescoldo
mulle su pluma el estío.

Los Captaros

Altos e invisibles sobre la laguna,
y atardando un vuelo, como el sueño, blando,
los cisnes negros cuellos van cruzando
por el blanco abismo del claro de luna.

Y "¡cáptaro, cáptaro!", grita el delantero,
y "¡cáptaro, cáptaro!", responde la banda,
al hallar el charco que buscando anda,
borrado de luna todo derrotero.

Que así, en extraviados delirios azules,
cuando la alta luna congrega su tropa,
confunden con Ledas las piezas de ropa,
o en las azoteas se estrellan, gandules.

Piérdense un instante detrás del barranco
mas, pronto, su giro veloz no vacila,
y sobre la plata del agua tranquila
caen en un leve relámpago blanco.

La luna, embriagándolos con su albo destello,
creó su sedosa blancura de perla,
y un poco de noche les quedó al beberla
en la prominente redoma del cuello.

No mancha la inmensa claridad un tizne,
y la luna, extática sobre los paisages,
sueña como un ángel cándidos celages
en que desparrama su pluma de cisne.<



El aracucú

La medianoche, sobre la montaña,
trasluce como una uva un torvo azul...
Más lóbrego el ramage se enmaraña...
y en un gemido de dulzura extraña
llora la selva: Ar...rrra, cu-cú, cu-cú...

Lento río de estrellas vuelca el cielo...
Llénanse de fragancia la quietud...
Y el pájaro invisible, en su desvelo,
llora sin esperanza de consuelo,
doliente y fiel: Ar... rrra..., cu-cú, cu-cú...

La soledad suspira desde el soto
un profundo frescor; se agrava aún,
y más la llora aquél gemido ignoto,
a la vez tan cercano y tan remoto
como la muerte: Ar... rrra, cu-cú, cu-cú...

La lechuza

Evocando tristes cruces
y cosas de sepultura,
prende ante la cueva oscura
su linterna de dos luces.

Cierra un claro anochecer
lentos ojos de amatista,
y ella al caminante chista
o habla con voz de mujer.

Y en aquél falaz remedo
de incomprensible palabra,
pone su burla macabra
la loca risa del miedo.

El ataja-caminos

Al ras del camino de amplitud serena,
que un tardo crepúsculo tapa de ceniza,
su evasiva sombra de espectro desliza,
o, pegado al suelo, se borra en la arena.

Más meditabunda pónese la calma.
El paso, más sordo, la arena derruye.
Y en el suave pájaro que va, vuelve y huye,
parece que al campo se le turba el alma.

Extasis


El Rey del Bosque en la quebrada umbría
está cantando. El vespertino tul
flota ya, y en el canto se gloría
profundamente la montaña azul...

Profundamente azul. Y aunque, entre tanto,
brota una estrella de la inmensidad,
la tarde va aclarándose en el canto
hasta volverse claridad.

El tero

¡Tero-tero, tero-tero!...
Y fingen, rojas y alternas,
sus aceleradas piernas
los canutos del flautero.

¡Tero-tero!... Y así embauca
con su propio grito iluso,
lejos del huevo confuso
de pinta pecosa y glauca.

Todo el campo se alborota
y con premioso desvelo,
en un concéntrico vuelo
ya el grito en el aire flota.

En su ala picaza oscila
el sol que al trasluz la esmalta,
y parece que en voz alta
se alegra la luz tranquila.

Desde el rancho, hacia el camino
mira alguien desde la puerta,
porque nunca desacierta
su anuncio de buen vecino;

que así, de noche o de día,
siempre cerca de la casa,
al ruido de lo que pasa
suelta su grito a pofría.

Grito familiar que el viento
lleva por llanos y charcas,
aunque, según las comarcas,
tiene distinto el acento.

Grito que al compás del ala
va en perentorios rechazos,
cual si espantara a cañazos
a la gente intrusa y mala.

Así, de intrépido modo
avizoran hembra y macho,
erguido el negro penacho,
pronto el espolín del codo.

La gola que se le crispa,
fugaz tornasol dilata,
y el espolín escarlata
adquiere un brillo de chispa.

O bien, con sagaz remusgo,
al soslayo se agazapa,
bajo su evasiva capa
de adecuado color musgo.

Y así vigila expedito,
con firmeza valerosa,
siempre claro el ojo rosa,
pronto siempre el claro grito.

¡Tero-tero! con la aurora
que ruboriza ese alarde.
¡Tero-tero! con la tarde
que nubes y campos dora.

¡Tero-tero! en el estero
que va la sombra aplomando.
Y en el plenilunio blando,
¡Tero-tero, tero-tero!...

Danza de la paloma enamorada

martes, 9 de agosto de 2011

Como un pájaro libre


Como un pájaro libre de libre vuelo,
como un pájaro libre así te quiero.

Nueve meses te tuve creciendo dentro
y aún sigues creciendo y descubriendo.
Descubriendo, aprendiendo a ser un hombre,
no hay nada de la vida que no te asombre.

Cada minuto tuyo lo vivo y muero
cuando no estás mi hijo cómo te espero
pues el miedo, un gusano, me roe y come
apenas abro un diario busco tu nombre.

Muero todos los días, pero te digo
no hay que andar tras la vida como un mendigo.
El mundo está en ti mismo, debes cambiarlo
cada vez el camino es menos largo.




martes, 26 de julio de 2011

San Kevin y el mirlo


Helos aquí: San Kevin y el mirlo.
De rodillas, los brazos en cruz, el santo
Está dentro de su celda, pero la celda es tan angosta,

Que una palma volteada sale por la ventana,
Rígida como una viga transversal, cuando un mirlo
Llega a posarse: pone sus huevos y se dispone a anidar.

Kevin siente los tibios huevos, el pequeño pecho,
La cabeza y garras acurrucadas, se sabe parte
De la gran cadena de la vida eterna,

Y eso lo mueve a piedad: ahora habrá de mantener la mano
Como una rama a merced del sol y de la lluvia semanas enteras,
Hasta que los polluelos rompan el cascarón, echen plumas y vuelen.

*

Y ya que todo esto es algo imaginado,
Imagina que eres Kevin. ¿Cómo estará?
¿En olvido de sí o en agonía todo el tiempo,

Desde el cuello hasta los adoloridos antebrazos?
¿Se le habrán dormido los dedos? ¿Sentirá aún las rodillas?
¿O acaso la mirada en blanco del subsuelo

Habrá trepado a través suyo? ¿Existirá la distancia en su cabeza?
Solo y reflejado claramente en el río profundo del amor,
"Trabajar, sin pretender ninguna recompensa", reza,

Una oración elevada por su cuerpo enteramente,
Pues él ha olvidado el ser, ha olvidado al ave
Y, en la ribera, el nombre del río ha olvidado.

— Versión de Pura López Colomé
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Pd: ¡Gracias Patricia "Pata" Morante por el aporte!

sábado, 18 de junio de 2011

La garza


En su abstracto candor, el tiempo vano
Inmoviliza eterno, hondo, distante,
La soledad obscura del pantano
Y una línea de tiza interrogante...

El Martín Pescador


Sobre el remanso azul, agudo acecha
Desde un lánguido gajo del sauzal,
En inminente inclinación de flecha,
La lentitud profunda del caudal.

Oro de sol en la corriente boya...
Y destellando un súbito arrebol,
Identifica el pájaro en su joya,
Sauce verde, agua azul, y oro de sol...

El zorzal


Al matinal
cielo de añil,
desde el pensil
lanza el zorzal,
silbo viril,
loa jovial,
que rompe el tul
inmaterial
del alba azul
y angelical.

Largo arrebol
dilata el sol
por el tapial
de aquél vergel,
donde, rival
más calro qu'él,
trinas, genial,
cantas, sutil,
pueril zorzal,
zorzal gentil.

La monjita


Para que nada sus vuelos estreche,
busca, a la siesta, una rama bien sola,
y cae de ella con sesga cabriola
cual si volcara una copa de leche.

Como escribiendo en el aire, revuela;
mas, pronto en su sitio posada,
plegando el ala, de negro bordeada,
sobre de luto le pone a su esquela.

Trémulo pasa un zumbido de insecto.
La avecilla parece más pura
con la quietud. Su perfecta blancura
cobija un silencio perfecto.

Se ahonda en pálido abismo la calma,
y al remoto misterio del campo,
la avecilla revela en su ampo
la blanca y muda presencia de un alma.

El loro


Socarrón, perspicaz, sonoro,
a la casa aturde y alegra
con su ladina lengua negra,
sobre su aro o su percha el loro.

Sabe cantar un tango entero,
los nombres nunca desacierta,
y según llamen a la puerta,
grita: "¡La leche!" o "¡El cartero!"

Ya repite la carcajada
y el rezongo de la vecina,
ya, remedando a la gallina,
miente otro huevo a la nidada.

O apreciando al pelafustán,
con su sagaz ojo de vieja,
le suelta, mientras lo festeja,
una medalla y un refrán.

Y es de admirar con qué decoro
no desprovisto de ironía,
dice a la fámula tardía:
"No se olviden del pan del loro."

Mas, aunque el pan sea muy rico,
apenas hay mejor regalo
que el de darle a mondar un palo
donde pueda gastarse el pico.

También sirve un aro de pipa;
pues, si no se hace de este modo,
el mismo se despluma todo
y al primer frío se constipa.

En el nativo quebrachal,
labra su nido, sin empacho,
agujereándose un quebracho
sobre la línea transversal.

De eso le queda la costumbre;
y así, con cháchara traviesa,
cala una pata de la mesa
o una viga de la techumbre.

Suspenso allá cabeza abajo,
mientras le ofrecen una caña,
con irritante sorna engaña
su balanceo de badajo.

Pero, como es una persona,
en el fondo amable y sensata,
sabe también "poner la pata"
en el dedo de la patrona.

Y habla con tal circunspección
y propiedad tan perentoria,
que oigan ustedes esta historia
que es cosa cierta, no invención:

Un chiquillo que no sabía
que existiese un pájaro que habla,
con su lindo fusil de tabla
junto a un loro se divertía.

Alborotado el pelo de oro,
paróse ante él, impertinente,
cuando de pronto, gravemente,
"¿Cómo te va?", le dijo el loro.

Ante aquel aire de doctor,
que le infundió profundo engorro,
quitándose el chiquillo el gorro,
respondió: "Bien. ¿Y a usted, señor?"...

Porque no en vano él atesora,
cuando libre remonta el vuelo,
en la frente un poco de cielo
y en el ala un poco de aurora.

Como una joya que bien labra,
oro y rubí su pluma integra;
y su ladina lengua negra
saca el oro de la palabra.

Oro de loro que es tesoro
de alegría y de ingenio claro.
Fútil metal que acuña en su aro
con derroche estridente el loro.

La cachila


Un gemidito titila
por el aire, donde, en vilo,
como colgada de un hilo
va subiendo la cachila.

Allá cerca ha hecho su nido,
de la huella que en el barro
deja la mula del carro
al pasar cuando ha llovido.

Y así el pajarillo blando,
entre el riesgo y el estruendo,
vive volando y gimiendo,
muere gimiendo y volando.

La curruca


Crrr... rrric-Crrr... rrric. En la pared que trepa
como un ratón (le llaman la ratona)
en la torre, en el césped, en la cepa,
resalta su minúscula persona.

Con algo de tarántula y de avispa,
corre o vuela, y se engríe bravamente
la prez del ruiseñor, su alto pariente,
en su vivaz crepitación de chispa.

Allá en el caballete de ladrillos
que alberga, con desdén de todo asalto,
un rosado primor de huevecillos,
canta, al sol de las doce, el pico en alto.

Parece que el fulgor la traspasara,
roto en un vidrio, en vívido chapuz.
Y como un botijillo de agua clara,
desborda enajenándose de luz.

jueves, 16 de junio de 2011

El Pito-Juan


En la punta del chopo (tan alta
que se azula) con súbito afán
que su grito clarísimo exalta,
pide a Juan ¡Pito, Juan, Pito, Juan!

A la gloria del sol de la tarde,
su pecho es un largo limón;
y en su grito de intrépido alarde,
palpitar se le ve el corazón.

¡Pito, Juan, Pito, Juan, pito, pito
Pito, Juan!... Y erizado el capuz,
todo su oro se publica en el grito
como abriendo un capullo de luz.

La urraca


Tiene manto negro y celeste,
camisa crema y boina negra;
fiero el pico, y un grito agreste
y matinal, que al bosque alegra.

Con crugido de nuez cascada,
rima sus saltos de perfil.
(También hay la urraca morada
de Misiones y del Brasil).

Estalla el son en su metal.
Y en su lujoso terciopelo,
borra de noche y luz de cielo
mezcla la selva tropical.

La golondrina

(Fotos: Alec Earnshaw)
En la trama ligera
de un girón de neblina,
su primer golondrina
trae la primavera.

Detrás de ella abre el cielo
serenísimo tul,
y en su intrépido vuelo
colúmpiase el azul.

Y los vértigos salva,
tendida al infinito,
y aclárase en su grito
la perla azul del alba.

Cristales de luz quiebra
su presuroso afán,
o prolonga una hebra
de sol, en largo hilván.

O con sutil donaire
su veleta dibuja
en la sublime aguja
del castillo del aire.

O sobre el turbio estero
pasa echando la red,
o estrellado tintero
semeja en la pared.

O parece que llama
solícita al enjambre,
poniendo en un alambre
su alado telegrama.

Pero, no bien se posa,
cuando parte, gentil,
en un ensueño rosa
de tarde pastoril.

Un esplendor sonoro
bajo ella se desliza,
mientras la tarde riza
sus corderitos de oro.

Su V, su T, su H,
pinta en un arrebol,
y engarza su azabache
con su aro ardiente el sol.

miércoles, 15 de junio de 2011

El boyero


A su isla umbrosa siempre fiel,
con oscura fibra espartera
se teje, en larga faltriquera,
un nido negro como es él.

Pronto aprende a cantar gentil,
ciertas palabras con dulzura.
Su pico blanco, en la negrura,
talla un silbato de marfil.

La tijereta


Ya vuele errática y ligera,
ya pesque al ras un renacuajo,
con el más sorprendente tajo
corta los aires su tijera.

No se oculta ningún tesoro
bajo el paño gris de su capa,
pero su gorra negra tapa
un eréctil capullo de oro.

Su nido expone al huracán
en el gajo m´sa fino y alto,
de donde ve sin sobresalto
al carancho y al gavilán.

Y plantándosele en la nuca,
sin temer su pico de gancho,
ahuyenta al mandria del carancho
hasta raparle la peluca.

El jilguero


En la llama del verano,
que ondula con los trigales,
sus regocijos triunfales
canta el jilguerillo ufano.

Canta, y al son peregrino
de su garganta amarilla,
trigo nuevo de la trilla
tritura el vidrio del trino.

Y con repentino vuelo
que lo arrebata, canoro,
como una pavesa de oro
cruza la goloria del cielo.

El llora-sangre


Llora-sangre el mártir en su áspera rama.
Tanta sangre llora su desolación,
que parece el rayo del sol que lo inflama,
todo tinto en sangre como un corazón.

Mudo y solitario, su éxtasis confina
en lo más perfecto de la soledad.
Lágrima de sangre que manó la espina
en su dolorosa generosidad.

Los tordos


Del árbol que aterido se avejenta,
brota de un trino de lírico deleite,
y la siesta invernal se entibia, lenta,
en una suave claridad de aceite.

Poco a poco, otro trino se levanta,
y otro, otro y otros, en concierto tal,
que parece que todo el árbol canta
cual si se hubiera vuelto de cristal.

Pónese a oir, devoto, el campo entero;
oye la casa, y con quietud sumisa,
parpadea en las pajas del alero
el trémulo silencio de la brisa.

No cantan el amor, que aun el invierno
vela los talles con su ambiguo tul;
sino, como soñando en gozo eterno,
la ligera ebriedad del día azul.

Encogido en el nudo de su rama,
cada uno afina el inspirado alegro;
y en su negrura cárdena se inflama
con viva nitidez su ojo más negro.

Y el negro pico ajusta la armonía
con primoroso engaste de joyel.
Alicates de aquella pedrería
que talla el pájaro en su arrobo fiel.

Y el trino evoca las mañanas de oro,
cuando en el esplendor de la pradera,
rompe a cantar sobre la cruz del toro
su gloriosa fruición de primavera.

Y la vendimia audaz, cuando al arrimo
de los pámpanos de oro y de arrebol,
la sombra violeta del racimo
se inquieta en su evasivo tornasol.

Y el nido ajeno en que, bravío intruso
sin vivienda ni tálamo, desova,
no más cauto del huevo que allá puso,
que de las perlas sueltas de su trova.

En claro azul florece como el lino
la limpidez del cielo pastoril,
y parece que el aire, con el trino,
se pone más vibrante y más sutil.

Múllese en las campiñas el descanso.
Dulce, beatitud el alma enerva.
Y el tiempo corre delicioso y manso
como un agua dorada entre la hierba.

El carpintero


El maestro carpintero
de la boina colorada,
va desde la madrugada
taladrando su madero.

No corre en el bosque un soplo.
Todo es silencio y aroma.
Sólo él monda la carcoma
con su revibrante escoplo.

Y a ratos, con brusco ardor,
bajo la honda paz celeste,
lanza intrépido y agreste
el canto de su labor.

El federal


Dilatado en ferviente apogeo
ante el sol que transpone el vergel,
bebe en la onda feliz del gorjeo
una luz que parece de miel.

Su cabeza con ella le arde
como un ascua de claro arrebol,
e infla el pecho en que sangra la tarde,
con el brío de un húsar del sol.

Negra capa, mejor esclarece
aquel noble jubón de carmín,
y al compás de la marcha parece
que la alzara con el espadín.

Profundiza su azul la distancia
comienza la acequia a cantar.
Y un lecho de inmensa fragancia
le tiende el florido alfalfar.

La cotorra


Sobre el gajo trunco de un árbol en ruinas,
cuando es más pesada la solar modorra,
en la inmensa carga del nido de espinas,
su flámula verde pone la cotorra.

Con alborotadas desafinaciones,
llega propalando sus charlas burlescas;
y como en el nido tiene ya pichones,
le cierra la boca con ramitas frescas.

Allá se adormita con vago meneo,
o algún divertido palitroque labra;
y en la somnolencia de su cuchicheo,
se entrecorta un eco que casi es palabra.

El pirincho


Una mecha de paja al desgaire,
que el sol descolora allá arriba,
y un plañido de pito en el aire.

Y dos, tres, cuatro, seis... Comitiva
que llena de pluma sin peso
la rama en que apenas estriba.

Tanto alza la cola con eso,
que parece que en su desatino,
va a soltarnos el huevo azulino
firmado con letras de yeso.
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