miércoles, 8 de octubre de 2014

Hudson, el gorrión argentino en Londres




Además de sabio naturista, su obra lo consagró como destacado poeta;
ligó su historia a la de los pájaros
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Si no fuese osado y hasta irreverente elegir un pájaro para simbolizar a nuestro Guillermo Enrique Hudson, yo afirmaría sin vacilar que este símbolo es un gorrión, "su gorrión de Londres". Hudson, en muchas ocasiones, en sus diversas obras, repite dos afirmaciones sobre sí mismo, evidentemente erróneas -como suele suceder cuando un artista, en su caso un escritor, se autojuzga-: la primera, que él no tenía intención de escribir su autobiografía; la segunda, que él no era poeta.
Toda su obra desmiente la primera afirmación, sobre todo la sin par "Allá lejos y hace tiempo", y queda desmentida también la segunda, con solo leer sus obras sobre ciencias naturales, sobre todo sus páginas de ornitología, en las que el minucioso y sabio naturalista es eclipsado a veces por el poeta, ante el maravilloso canto de la calandria o la belleza del cisne de cabeza negra o del flamenco rosado. Este mismo Hudson -que no se creía poeta ni biógrafo- escribió una verdadera autobiografía en verso en su poema "The London Sparrow", uno de los pocos poemas suyos que perdonó a la autodestrucción.
Este largo poema desgarrador, escrito en Londres poco antes de morir -como todo lo suyo en admirable estilo y en perfecto inglés-, resume su vida entera y expresa, quizá como ninguna otra de sus páginas, su incurable nostalgia de gaucho argentino autodesterrado en la Inglaterra de sus ascendientes.

El mundo de los pájaros

El poema se inicia, a manera de prólogo, con el vivencial recuerdo del mundo de los pájaros. No desdeña aquellos de la morada que lo acogió en su exilio: "Oh pájaros benditos que revuelan": zorzal de pico de oro, el cucú de la espesura, el pico carpintero y la "remontadora alondra por quien el cielo azul palpita en éxtasis". Pero en seguida se va con el recuerdo más allá de los mares que circundan la "Isla", a su América, a su Argentina de la pampa bienamada: "La paloma, la golondrina, la garrulería de los loros y los vastos pantanos encantados donde moran el ibis y el flamenco".
Tras este prólogo, todo el poema es una conversación con el gorrión de Londres, el más pobre, el más astroso de los pájaros de esa ciudad, un pájaro con el que se identifica, al punto de apostrofarlo como si se reprochara a sí mismo su triste vagar por Londres, casi mísero, habiendo poseído la pampa y su cielo infinito. Comienza luego su coloquio con el gorrión de Londres que es, en realidad, como una introspección.

Reproches

Lo apostrofa, primero. Le reprocha con severeridad -se reprocha- que haya sido capaz de abandonar la libre gloria de la naturaleza en que vivía para mendigar migajas en esa triste ciudad. Lo llama callejero, nómade y alado pájaro polvoriento, humilde y ruin embajador de la hermosura que ha conocido allá lejos y hace tanto tiempo.
Y le hace -y se hace- la patética pregunta: "¿Cómo pudiste renunciar a tus fueros?" Desahoga su conciencia reprochándole al gorrión su deambular por las chimeneas -"eres el deshollinador entre los pájaros"-, el haber cambiado el bosque nativo por esos tristes edificios grises; el haber dejado la libertad de un paisaje indescriptible por la mísera distancia a saltar entre tejas grises y piedras callejeras, él, que había cambiado su pingo pampa por una bicicleta mohosa.
E invoca por última vez a su olvidada musa de la poesía, para que le ayude a templar su vieja lira y se decide a cantar al denostado gorrión que es su propia imagen "y sin embargo yo te amo, gorrión" y alaba su contento y su alegre "chirrido" para anunciar el alba, que despierta también todos los recuerdos de su paraíso americano; su paraíso de belleza, de libertad y espacio, su maravilloso mundo de los pájaros, y le dice, como a un amigo, que quizás su modesto, su mísero chirriar será quizás la última voz que escuchará al morir. "A menudo no me queda otro amigo que tú en mi soledad".
Ante tan alto poema creo podrá perdonarse que yo osara investirme de gorrión de las letras, para despertar el recuerdo de Guillermo Enrique Hudson, nuestro gorrión de Londres..