jueves, 9 de octubre de 2014

El Gorrión de Londres (Traducción del poema: "The London Sparrow")

Cien años me parece que hace que te perdí, 
¡maravilloso mundo de los pájaros! 
¡Oh, pájaros benditos que revuelan, 
zorzal de pico de oro que trina dulcemente 
tras las lluvias de abril, 
mística voz del cucu en la espesura, 
y pico carpintero de los campos oreados, 
y sobre todos ellos, remontadora alondra 
por quien el cielo azul palpita en éxtasis! 
No sólo en esta isla; más allá de los mares 
que la circundan, lejos vuela, rauda memoria 
a más brillantes tierras, y recuerda 
a la paloma y a la golondrina, 
y la garrulería de los loros 
en los templados bosques, 
y los vastos pantanos encantados 
donde moran el ibis y el flamenco. 


Y es de esos mundos de donde he venido 
hasta este triste Londres que ahora habito contigo, 
¡oh gorrión!, y a menudo no me queda 
otro amigo que tú en mi soledad. 
Como el desesperado prisionero en su celda, 
oye cantar al grillo y su chirrido 
lo hace olvidar al sol y a la alegría. 
¡Oh, callejero, nómade y alado, 
pájaro polvoriento, pequeño basurero, 
tu solo nombre ya enfurecería 
al ambicioso bardo; 
sorpréndate ostentar esta victoria! 
Porque yo he conocido a los monarcas 
y a los gloriosos nobles de tu raza; 
— humilde y ruin embajador tú eres — 
los pájaros de crestas imperiales 
y purpúreos vestidos de espléndida escarlata, 
blancos cisnes nupciales, 
y miles de tanagras teñidas de arco iris. 

¿Cómo pudiste renunciar a tus fueros? 
¿La libertad del bosque donde había 
fuentes para tu sed, sabrosas frutas, 
has cedido por esto? ¿Y largos años 
de voluntario exilio de la dulce Natura, 
has vivido nutriéndote de mohosas migajas? 
¡Oh innoble pájaro!, 
prisionero en atmósfera sombría, 
desoladora, todo lo ennegrece, 
eres como moneda ya ilegible 
aun para el anticuario más astuto. 
Has perdido las marcas que señalan tu clase, 
el brillo que te dio Naturaleza, 
nebuloso y confuso aun para el ornitólogo. 
eres, pájaro ambiguo, una cosa ofensiva. 
A veces a mí mismo me enoja tu organillo 
que hace volar todos mis pensamientos, 
y hasta te entregaría a la justicia. 
No tienes el recato de tu especie 
ni la veneración hacia el hombre temible, 
bullanguero insolente, enhollinado, 
eres para el artista 
el deshollinador entre los pájaros. 

Rudamente te hablo con libertad de amigo, 
y sé que sin embargo 
yo te amo, gorrión, y son tus voces 
para mí que he vivido en tierras del verano, 
sensibles portadoras de alegría, 
como aquel que pasea solitario 
y al caer de la tarde escucha el canto 
del petirrojo, en soledad de invierno. 
¡Oh, mi perdida Musa! Si aún perdura 
tu espíritu después de largo olvido, 
debes agradecerlo 
a este fiel bienvenido visitante, 
cuyo pequeño silvo se destacó 
entre la discordancia de los ruidos, 
como la flor que en primavera brota 
entre las rocas desoladas, para alegrar mi exilio, 
y hacer sonar de nuevo mi ya antiguo 
y mohoso instrumento, 
el que antaño tañía; 
y cantaré al gorrión mi último cántico, 
aunque bajo mis dedos den las cuerdas 
un extraño sonido; 
el del tiempo que todo lo transforma. 


Alta y jovial suena tu voz al alba 
entre escasos y débiles sonidos, 
antes que sordos truenos subterráneos 
a sacudir comiencen a las casas. 
y se llenen las calles de tránsito ruidoso. 
Ya da tu voz su bienvenida al día. 
¡Pero a qué día! 
Sucio y triste su rostro 
envuelto entre neblinas incoloras y heladas, 
se agazapa con pasos silenciosos 
por las oscuras calles solitarias. 
¿No se parece acaso como hermana y hermana 
a la pobre mujer cuyas mejillas 
ostentan su miseria, ya tristes y arrugadas 
por las lluvias nocturnas 
bajo los arcos del amargo puente? 

— ¿Cómo puedes, gorrión, dar bienvenida 
al día tempestuoso, 
desde este tu refugio en la ventana, 
o allá en las chimeneas 
cambiadas por las ramas que susurran al viento, 
bajo las tejas que el hollín ensucia, 
preferidas al toldo de las hojas? 
Sube hediondo vapor de las sórdidas casas 
en vez de la fragancia de las flores. 
En cambio de los bosques estrellados 
esta desolación que espanta, 
este desierto de edificios rígidos 
sucios de humo, que el espectro habita 
de la miseria. Y las vetustas torres 
de nubes y de piedra 
las casas gigantescas, y castillos 
de desesperación, iluminados 
por vacilantes luces. 
¿Cómo puedes, gorrión, dar bienvenida 
a día tan impuro? 
No se siente el zorzal de garganta de oro 
más gozoso que tú, cuando despierta 
allá en su obscuro bosque, y en la hora 
en que las hojas tiemblan y susurran 
ante el fragante hálito 
de la mañana de ojos azulados. 
Jamás el día llega sin que yo te bendiga, 
valeroso gorrión, fiel eslabón viviente 
que con pasado inmemorial nos liga. 
¡Oh, alegre corazón de casa melancólica! 
En mil lúgubres años 
guardián de jubilosas tradiciones, 
heredaste la gloria de la naturaleza, 
de la Inglaterra siempre alegre. Nunca 
de tu osada elección te arrepentiste. 
Compañero del hombre, desde siglos 
en el Londres sombrío, desde el tiempo 
en que los cuartos bajos de techumbre 
se llenaban de aroma de estivales praderas, 
donde gozosos niños voceaban, 
recogiendo los lirios que flotaban 
como flota entre los juncos 
espantando a las tímidas zancudas. 


Al despertar por la mañana, cuando 
aún refracta el embrujo del ensueño 
la luz de la conciencia, 
oigo tu suave voz — murmullo de agua, 
o tiento entre los árboles antiguos 
que la luna ilumina — , 
y me salgo a vagar con pies ligeros. 
Yergue el cieno ante mi su cornamenta 
entre obscuros heléchos espantado, 
se abren ante mis ojos ilimitados páramos, 
y busco allí a la límpida mañana 
inmaculada de rocío, y huyo 
a otra región buscando su llegada, 
andando entre palmeras que se yerguen 
inmóviles pilares, 
de catedral inmensa y blanquecina. 
¡Hija del sol, sagrada, 
alza hacia ti mi corazón, 
dulce mensajera del alba! 
Se apagan las estrellas, 
caigo desvanecido al borde del sendero, 
y me oprime el incienso que se levanta
de miles de silvestres flores 
porque ya todas saben mi venida. 
¡Mirad cómo se alzan 
inmensas entre nubes y neblinas 
las temibles montañas! 
Con incorpóreos pies por ellas trepo 
hasta encontrar al muerto dios del Inca. 
¡Oh, gloria que te acercas velozmente, 
no me ciegues con dardos inefables) 
Despierta en mí de nuevo 
la sagrada pasión de lo pasado, 
durante largo tiempo ahogada en sangre 
por ignaros espíritus, 
que a los que te adoraban destruyeron. 
Me siento desmayar, en ti sosténme 
o llévame otra vez hasta la tierra,. 
Mis pies sienten apenas la nube giratoria, 
¿o es que tocan aún en la terrible 
cima del mundo? Lejos, 
allá abajo se mueve 
el obscuro azulado del océano, 
alzan sus olas crestas refulgentes. 
¡Jubilosa la tierra solitaria! 
¡Ríen los ríos! 
Las colinas ceñidas de boscaje 
coronadas de nieve se levantan 
con una eterna majestad desnuda; 
se han envuelto en la púrpura y el oro 
alegres porque vienes. 

¡Ya se desvaneció mi sueño, cuando 
el esplendor del sol me enceguecía, 
dejándome esta pálida, esta espectral mañana! 
Con mi sueño te fuiste, 
¡oh, mi alegre recuerdo!, y en tu huida, 
llamas a tus parleros camaradas 
tal vez de otro soñar inspiradores, 
desde techos envueltos entre nubes, 
para volar con ellos 
en rumorosa lluvia de gorriones, 
a tomar en las calles el febril desayuno, 
sin temor al barullo que allí atruena. 
Eres como el petrel intrépido y errante 
que conoce la furia 
y la desolación del océano, 
meciéndose en sus olas tumultuosas. 
Como él, cosechador de quien nadie hace caso, 
vuelas hacia el futuro, 
y tú serás de la Naturaleza 
el único testigo del instante 
postrer, en que el murmullo 
de los pasos humanos vaya disminuyendo 
en las ruinas del mundo, 
hasta morir en el silencio eterno. 


(Versión de Eduardo González Lanuza, sobre una traducción 
literal de Fernando Pozzo y Patrick Dudgeon. La Nación, Buenos 
Aires, 18 de agosto 1941).