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miércoles, 17 de agosto de 2011

El hornero

La casita del hornero
tiene alcoba y tiene sala.
En la alcoba la hembra instala
justamente el nido entero.

En la sala, muy orondo,
el padre guarda la puerta,
con su camisa entreabierta
sobre su buche redondo.

Lleva siempre un poco viejo
su traje aseado y sencillo,
que, con tanto hacer ladrillo,
se la habrá puesto bermejo.

Elige como un artista
el gajo de un sauce añoso,
o en el poste rumoroso
se vuelve telegrafista.

Allá, si el barro está blando,
canta su gozo sincero.
Yo quisiera ser hornero
y hacer mi choza cantando.

Así le sale bien todo,
y así, en su honrado desvelo,
trabaja mirando al cielo
en el agua de su lodo.

Por fuera la construcción,
como una cabeza crece,
mientras, por dentro, parece
un tosco y buen corazón.

Pues como su casa es centro
de todo amor y destreza,
la saca de su cabeza
y el corazón pone adentro.

La trabaja en paja y barro,
lindamente la trabaja,
que en el barro y en la paja
es arquitecto bizarro.

La casita del hornero
tiene sala y tiene alcoba,
y aunque en ella no hay escoba,
limpia está con todo esmero.

Concluyó el hornero el horno,
y con el último toque,
le deja áspero el revoque
contra el frío y el bochorno.

Ya explora al vuelo el circuito,
ya, cobre la tierra lisa,
con tal fuerza y garbo pisa,
que parece un martillito.

La choza se orea, en tanto,
esperando a su señora,
que elegante y avizora,
llena su humildad de encanto.

Y cuando acaba, jovial,
de arreglarla a su deseo,
le pone con un gorjeo
su vajilla de cristal.

El picaflor

Run ... dun, run... dun ... Y al tremular sonoro
Del vuelo audaz y como un dardo, intenso,
Surgió de pronto, ante una flor suspenso,
En vibrante ascua de esmeralda y oro.

Fué color..., luz..., color... A un brusco giro,
Un haz de sol lo arrebató al soslayo;
Y al desaparecer con aquel rayo,
Su ascua fugaz carbonizó en zafiro

La tórtola montaraz


Bajo el denso tallar cuyo reposo
promete al alma soledad eterna,
se compunge su arrullo misterioso
en musical retumbo de cisterna.

Con un lento llorar de hoja marchita,
mulle el bosque otoñal pálida alfombra,
y en la queja recóndita palpita
el corazón profundo de la sombra.

Gloria solar


Al pie del tala inmóvil y sombrío,
rueda lentejas de oro el manantial,
y un canto, triolio, triolio,
rompe al sol de la siesta: el cardenal.

Brilla la brasa audaz de su copete
con un erizamiento casi cruel;
y su arrogancia de gentil cadete
florece en ella como en un clavel.

Mientras con perezoso cuchicheo
sopla el bochorno un hálito de fragua,
pule como un diamante su gorgeo,
sutil cristal en que se alegra el agua.

El halcón


Una sombra fugaz gira en el claro
y como si en su grito descorriera
un sonoro cerrojo, campo afuera
la avizora gallina busca amparo.

Vibra él, alto en los aires. El sol lustra
su atigrado plumaje cuando vira.
Punza, bravío, su ojo de oro. Y su ira
en un lamento lúgubre se frustra.

La perdiz

Su andar de doncella inquieta
pone la angustia del yerro
en las narices del perro
y el cañón de la escopeta.

Pero, al abrigo falaz
de la hierba fresca o mustia,
también tiembla en dulce angustia
su silbido montaraz.

Así, en tal desasosiego,
y ante todo azar perpleja,
su timidez empareja
con la gleba del labriego.

Atenta al más leve tris
que, agazapándose, escucha,
parece que la encapucha
la estepa del campo gris.

Todo el color que así pierde,
como en brillante renuevo
pinta su morado huevo
que en la martineta es verde.

Y tras el natal terrón,
o al despavorido vuelo,
zumba en su eterno desvelo
la saña del perdigón.

El cacholote

Agobia un árbol con la pesadumbre
de su nido de mal trabada leña.
Su erizado copete se desgreña
sobre el plumage de color de herrumbre.

Turbulento, parece que relincha,
sorbe al descuido el huevo de la clueca,
y a veces, su azulada pata seca,
algún robado pichoncillo trincha.

Suaviza un remoto eco de montaña
su pífano de rústica dulzura,
y parece aclararse de frescura
la honda felicidad de la campaña.

La torcaz


El pleno sol goza enhiesta
sobre un seco y alto tronco.
Desgrana en su arrullo ronco
su áurea mazorca la siesta.

El follage, más umbrío,
le ofrece en vano su toldo,
y en palpitable rescoldo
mulle su pluma el estío.

Los Captaros

Altos e invisibles sobre la laguna,
y atardando un vuelo, como el sueño, blando,
los cisnes negros cuellos van cruzando
por el blanco abismo del claro de luna.

Y "¡cáptaro, cáptaro!", grita el delantero,
y "¡cáptaro, cáptaro!", responde la banda,
al hallar el charco que buscando anda,
borrado de luna todo derrotero.

Que así, en extraviados delirios azules,
cuando la alta luna congrega su tropa,
confunden con Ledas las piezas de ropa,
o en las azoteas se estrellan, gandules.

Piérdense un instante detrás del barranco
mas, pronto, su giro veloz no vacila,
y sobre la plata del agua tranquila
caen en un leve relámpago blanco.

La luna, embriagándolos con su albo destello,
creó su sedosa blancura de perla,
y un poco de noche les quedó al beberla
en la prominente redoma del cuello.

No mancha la inmensa claridad un tizne,
y la luna, extática sobre los paisages,
sueña como un ángel cándidos celages
en que desparrama su pluma de cisne.<



El aracucú

La medianoche, sobre la montaña,
trasluce como una uva un torvo azul...
Más lóbrego el ramage se enmaraña...
y en un gemido de dulzura extraña
llora la selva: Ar...rrra, cu-cú, cu-cú...

Lento río de estrellas vuelca el cielo...
Llénanse de fragancia la quietud...
Y el pájaro invisible, en su desvelo,
llora sin esperanza de consuelo,
doliente y fiel: Ar... rrra..., cu-cú, cu-cú...

La soledad suspira desde el soto
un profundo frescor; se agrava aún,
y más la llora aquél gemido ignoto,
a la vez tan cercano y tan remoto
como la muerte: Ar... rrra, cu-cú, cu-cú...

La lechuza

Evocando tristes cruces
y cosas de sepultura,
prende ante la cueva oscura
su linterna de dos luces.

Cierra un claro anochecer
lentos ojos de amatista,
y ella al caminante chista
o habla con voz de mujer.

Y en aquél falaz remedo
de incomprensible palabra,
pone su burla macabra
la loca risa del miedo.

El ataja-caminos

Al ras del camino de amplitud serena,
que un tardo crepúsculo tapa de ceniza,
su evasiva sombra de espectro desliza,
o, pegado al suelo, se borra en la arena.

Más meditabunda pónese la calma.
El paso, más sordo, la arena derruye.
Y en el suave pájaro que va, vuelve y huye,
parece que al campo se le turba el alma.

Extasis


El Rey del Bosque en la quebrada umbría
está cantando. El vespertino tul
flota ya, y en el canto se gloría
profundamente la montaña azul...

Profundamente azul. Y aunque, entre tanto,
brota una estrella de la inmensidad,
la tarde va aclarándose en el canto
hasta volverse claridad.

El tero

¡Tero-tero, tero-tero!...
Y fingen, rojas y alternas,
sus aceleradas piernas
los canutos del flautero.

¡Tero-tero!... Y así embauca
con su propio grito iluso,
lejos del huevo confuso
de pinta pecosa y glauca.

Todo el campo se alborota
y con premioso desvelo,
en un concéntrico vuelo
ya el grito en el aire flota.

En su ala picaza oscila
el sol que al trasluz la esmalta,
y parece que en voz alta
se alegra la luz tranquila.

Desde el rancho, hacia el camino
mira alguien desde la puerta,
porque nunca desacierta
su anuncio de buen vecino;

que así, de noche o de día,
siempre cerca de la casa,
al ruido de lo que pasa
suelta su grito a pofría.

Grito familiar que el viento
lleva por llanos y charcas,
aunque, según las comarcas,
tiene distinto el acento.

Grito que al compás del ala
va en perentorios rechazos,
cual si espantara a cañazos
a la gente intrusa y mala.

Así, de intrépido modo
avizoran hembra y macho,
erguido el negro penacho,
pronto el espolín del codo.

La gola que se le crispa,
fugaz tornasol dilata,
y el espolín escarlata
adquiere un brillo de chispa.

O bien, con sagaz remusgo,
al soslayo se agazapa,
bajo su evasiva capa
de adecuado color musgo.

Y así vigila expedito,
con firmeza valerosa,
siempre claro el ojo rosa,
pronto siempre el claro grito.

¡Tero-tero! con la aurora
que ruboriza ese alarde.
¡Tero-tero! con la tarde
que nubes y campos dora.

¡Tero-tero! en el estero
que va la sombra aplomando.
Y en el plenilunio blando,
¡Tero-tero, tero-tero!...

sábado, 18 de junio de 2011

La garza


En su abstracto candor, el tiempo vano
Inmoviliza eterno, hondo, distante,
La soledad obscura del pantano
Y una línea de tiza interrogante...

El Martín Pescador


Sobre el remanso azul, agudo acecha
Desde un lánguido gajo del sauzal,
En inminente inclinación de flecha,
La lentitud profunda del caudal.

Oro de sol en la corriente boya...
Y destellando un súbito arrebol,
Identifica el pájaro en su joya,
Sauce verde, agua azul, y oro de sol...

El zorzal


Al matinal
cielo de añil,
desde el pensil
lanza el zorzal,
silbo viril,
loa jovial,
que rompe el tul
inmaterial
del alba azul
y angelical.

Largo arrebol
dilata el sol
por el tapial
de aquél vergel,
donde, rival
más calro qu'él,
trinas, genial,
cantas, sutil,
pueril zorzal,
zorzal gentil.

La monjita


Para que nada sus vuelos estreche,
busca, a la siesta, una rama bien sola,
y cae de ella con sesga cabriola
cual si volcara una copa de leche.

Como escribiendo en el aire, revuela;
mas, pronto en su sitio posada,
plegando el ala, de negro bordeada,
sobre de luto le pone a su esquela.

Trémulo pasa un zumbido de insecto.
La avecilla parece más pura
con la quietud. Su perfecta blancura
cobija un silencio perfecto.

Se ahonda en pálido abismo la calma,
y al remoto misterio del campo,
la avecilla revela en su ampo
la blanca y muda presencia de un alma.

El loro


Socarrón, perspicaz, sonoro,
a la casa aturde y alegra
con su ladina lengua negra,
sobre su aro o su percha el loro.

Sabe cantar un tango entero,
los nombres nunca desacierta,
y según llamen a la puerta,
grita: "¡La leche!" o "¡El cartero!"

Ya repite la carcajada
y el rezongo de la vecina,
ya, remedando a la gallina,
miente otro huevo a la nidada.

O apreciando al pelafustán,
con su sagaz ojo de vieja,
le suelta, mientras lo festeja,
una medalla y un refrán.

Y es de admirar con qué decoro
no desprovisto de ironía,
dice a la fámula tardía:
"No se olviden del pan del loro."

Mas, aunque el pan sea muy rico,
apenas hay mejor regalo
que el de darle a mondar un palo
donde pueda gastarse el pico.

También sirve un aro de pipa;
pues, si no se hace de este modo,
el mismo se despluma todo
y al primer frío se constipa.

En el nativo quebrachal,
labra su nido, sin empacho,
agujereándose un quebracho
sobre la línea transversal.

De eso le queda la costumbre;
y así, con cháchara traviesa,
cala una pata de la mesa
o una viga de la techumbre.

Suspenso allá cabeza abajo,
mientras le ofrecen una caña,
con irritante sorna engaña
su balanceo de badajo.

Pero, como es una persona,
en el fondo amable y sensata,
sabe también "poner la pata"
en el dedo de la patrona.

Y habla con tal circunspección
y propiedad tan perentoria,
que oigan ustedes esta historia
que es cosa cierta, no invención:

Un chiquillo que no sabía
que existiese un pájaro que habla,
con su lindo fusil de tabla
junto a un loro se divertía.

Alborotado el pelo de oro,
paróse ante él, impertinente,
cuando de pronto, gravemente,
"¿Cómo te va?", le dijo el loro.

Ante aquel aire de doctor,
que le infundió profundo engorro,
quitándose el chiquillo el gorro,
respondió: "Bien. ¿Y a usted, señor?"...

Porque no en vano él atesora,
cuando libre remonta el vuelo,
en la frente un poco de cielo
y en el ala un poco de aurora.

Como una joya que bien labra,
oro y rubí su pluma integra;
y su ladina lengua negra
saca el oro de la palabra.

Oro de loro que es tesoro
de alegría y de ingenio claro.
Fútil metal que acuña en su aro
con derroche estridente el loro.

La cachila


Un gemidito titila
por el aire, donde, en vilo,
como colgada de un hilo
va subiendo la cachila.

Allá cerca ha hecho su nido,
de la huella que en el barro
deja la mula del carro
al pasar cuando ha llovido.

Y así el pajarillo blando,
entre el riesgo y el estruendo,
vive volando y gimiendo,
muere gimiendo y volando.