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lunes, 28 de enero de 2013

Cóndor macho



CONDOR CUATRERO SIN RASTROS
AMO DE LA SOLEDAD
VUELVE A TUS CUMBRES NEVADAS
TROVERO SILENTE DE LA INMENSIDAD
YO TE PERDONO LA VIDA
PORQUE VI EL CELAJE DE TU LIBERTAD

NO VAYAS PARA LOS LLANOS
NI BAJES HASTA EL AÑELO
PORQUE LOS HOMBRES NO SABEN
DE ESTAR TAN ARRIBA Y ENVIDIAN TU CIELO
YO COBRO ALTURA EN LA COPLA
Y ME ALZO EN LA IDEA SIGUIENDO TU VUELO
              
CONDOR MACHO
PRIMERO EN BESAR EL SOL
BRILLA TU NEGRO PLUMAJE
Y EL RITMO SALVAJE DE TU CORAZON
LATE EN LOS RUMBOS DEL VIENTO
SEÑOR DEL SILENCIO BORRACHO DE AZUL


SUBE TU ANHELO DE NUBES
TOCANDO UN MUNDO ESTRELLERO
SOBRE LA LUZ DE LA AURORA
EL ALBA DORADA DE UN TIEMPO SIN TIEMPO
ANDADOR DE LO INFINITO
MOJARON TUS OJOS CAMINOS ETERNOS

BAQUEANO DE LAS DISTANCIAS
QUE TRISTE EL CIELO ESTARA
CUANDO SE DUERMAN TUS ALAS
LA NIEVE CUMBREÑA TAN SOLO SABRA
TU SECRETO DE POETA
QUE VIVIO SOÑANDO CON EL MAS ALLA

CONDOR MACHO
PRIMERO EN BESAR EL SOL
BRILLA TU NEGRO PLUMAJE
Y EL RITMO SALVAJE DE TU CORAZON
LATE EN LOS RUMBOS DEL VIENTO
SEÑOR DEL SILENCIO BORRACHO DE AZUL

miércoles, 29 de febrero de 2012

Señor de los Andes



Cóndor, monje negro del cielo,
señoreas tu vuelo,
entre cumbres y alturas,
nada escapa a tu celo;
puna o llanura,
talismán que conjuras,
en las sombras del suelo,
alta y oscura,
región de las razas,
que adoran el sol.

Hueso, musical de las quenas,
muerto y hueco resuenas,
con las cifras del viento,
la plegaria, el lamento,
del altiplano,
y el indio americano,
que aún llora al hermano,
el Cóndor Canqui,
señor de la puna;
Tupac Amaru.

Vuela hacia el alba futura,
que el cielo inaugura
en la cruz del sur;
vuela en la sangre y el sueño,
que siembra el cuneño
Tupac Amaru....

Cóndor, monje negro del cielo
rey salvaje del vuelo,
que navegas la altura;
embriagez y desvelo
luto celeste,
con tus alas conjuras
en los valles del suelo,
toda creatura,
región de las razas,
que adoran el sol....

Vuela hacia el alba futura,
que el cielo inaugura
en la cruz del sur;
vuela en la sangre y el sueño,
que siembra el cuneño
Tupac Amaru....

sábado, 26 de junio de 2010

Nido de cóndores


I

En la negra tiniebla se destaca,
como un brazo extendido hacia el vacío
para imponer silencio a sus rumores,
un peñasco sombrío.

Blanca venda de nieve lo circunda,
de nieve que gotea
como la negra sangre de una herida,
abierta en la pelea.

¡Todo es silencio en torno! Hasta las nubes
van pasando, calladas,
como tropas de espectros, que dispersan
las ráfagas heladas.

¡Todo es silencio en torno! Pero hay algo
en el peñasco mismo,
que se mueve y palpita cual si fuera
el corazón enfermo del abismo.

Es un nido de cóndores, colgado
de su cuello gigante,
que el viento de las cumbres balancea
como un pendón flotante.

Es un nido de cóndores andinos
en cuyo negro seno
parece que fermentan las borrascas,
y que dormita el trueno.

Aquella negra masa se estremece
con inquietud extraña:
¡Es que sueña con algo que lo agita
el viejo morador de la montaña!

No sueña con el valle ni la sierra
de encantadoras galas;
ni menos con la espuma del torrente
que humedeció sus alas.

No sueña con el pico inaccesible
que en la noche se inflama
despeñando por riscos y quebradas
sus témpanos de llama.

No sueña con la nube voladora
que pasó en la mañana
arrastrando en los campos del espacio
su túnica de grana.

Muchas nubes pasaron a su vista,
holló muchos volcanes;
su plumaje mojaron y rizaron
torrentes y huracanes.

Es algo más querido lo que causa
su agitación extraña:
¡Un recuerdo que bulle en la cabeza
del viejo morador de la montaña!

En la tarde anterior, cuando volvía,
vencedor inclemente,
trayendo los despojos palpitantes
en la garra potente,

bajaban dos viajeros presurosos
la rápida ladera;
un niño y un anciano de alta talla
y blanca cabellera.

Hablaban en voz alta, y el anciano,
con acento vibrante,
"¡Vendrá, exclamaba, el héroe predilecto
de esta cumbre gigante!".

El cóndor, al oírlo, batió el vuelo;
lanzó ronco graznido,
y fue a posar el ala fatigada
sobre el desierto nido.

Inquieto, tembloroso, como herido
de fúnebre congoja,
pasó la noche, y sorprendiólo el alba
con su pupila roja.

II

Enjambres de recuerdos punzadores
pasaban en tropel por su memoria,
recuerdos de otros tiempos de esplendores,
de otros tiempos de glorias,
en que era breve espacio a su ardimiento
la anchurosa región del vago viento.

Blanco el cuello y el ala reluciente,
iba en pos de la niebla fugitiva,
dando caza a las nubes en oriente;
o con mirada altiva
en la garra pujante se apoyaba
cual se apoya un titán sobre su clava.

Una mañana, ¡inolvidable día!,
ya iba a soltar el vuelo soberano
para surcar la inmensidad sombría,
y descender al llano
a celebrar con ansia convulsiva
su sangriento festín de carne viva,

cuando sintió un rumor nunca escuchado
en las hondas gargantas de occidente:
el rumor del torrente desatado,
la cólera rugiente
del volcán que, en horrible paroxismo,
se revuelca en el fondo del abismo.

Choque de armas y cánticos de guerra
resonaron después. Relincho agudo
lanzó el corcel de la argentina tierra
desde el peñasco mudo,
y vibraron los bélicos clarines,
del Ande gigantesco en los confines.

Crecida muchedumbre se agolpaba,
cual las ondas del mar en sus linderos;
infantes y jinetes avanzaban,
desnudos los aceros,
y, atónita al sentirlos, la montaña
bajó la frente y desgarró su entraña.

¿Dónde van? ¿Dónde van? Dios los empuja,
amor de Patria y libertad los guía:
¡donde más fuerte la tormenta ruja,
donde la onda bravía
más ruda azote el piélago profundo,
van a morir o libertar un mundo!

III

Pensativo, a su frente, cual si fuera
en muda discusión con el destino,
iba el héroe inmortal que en la ribera
del gran río argentino
al león hispano asió de la melena
y lo arrastró por la sangrienta arena.

El cóndor lo miró, voló del Ande
a la cresta más alta, repitiendo
con estridente grito: "¡Este es el grande!".
Y San Martín, oyendo,
cual si fuera el presagio de la historia,
Dijo a su vez: "¡Mirad! ¡Esa es mi gloria!".

IV

Siempre batiendo el ala silbadora,
cabalgando en las nubes y en los vientos,
lo halló la noche y sorprendió la aurora;
y a sus roncos acentos,
tembló de espanto el español sereno
en los umbrales del hogar ajeno.

Un día... se detuvo; había sentido
el estridor de la feroz pelea;
viento de tempestad llevó a su oído
rugidos de marea;
y descendió a la cumbre de una sierra,
la corva garra abierta, en son de guerra.

¡Porfiada era la lid! Por las laderas
bajaban los bizarros batallones,
y penachos, espadas y cimeras,
cureñas y cañones,
como heridos de un vértigo tremendo,
¡en la cima fatal iban cayendo!

¡Porfiada era la lid! En la humareda
la enseña de los libres ondeaba,
acariciada por la brisa leda
que sus pliegues hinchaba:
y al fin entre relámpagos de gloria,
¡vino a alzarla en sus brazos la victoria!

Lanzó el cóndor un grito de alegría,
grito inmenso de júbilo salvaje;
y, desplegando en la extensión vacía
su vistoso plumaje,
fue esparciendo por sierras y por llanos
jirones de estandartes castellanos.

V

Desde entonces, jinete del vacío,
cabalgando en nublados y huracanes
en la cumbre, en el páramo sombrío,
tras hielos y volcanes,
fue siguiendo los vívidos fulgores
de la bandera azul de sus amores.

La vio al borde del mar, que se empinaba
para verla pasar, y que en la lira
del bronce de sus olas entonaba,
como un grito de ira,
el himno con que rompen las cadenas
de su cárcel de rocas y de arenas.

La vio en Maipú, en Junín y hasta en aquella
noche de maldición, noche de duelo,
en que desapareció como una estrella
tras las nubes del cielo;
¡y al compás de sus lúgubres graznidos
fue sembrando el espanto en los dormidos!

¡Siempre tras ella, siempre!, hasta que un día
la luz de un nuevo sol alumbró al mundo,
el sol de libertad que aparecía
tras nublado profundo,
y envuelto en su magnífica vislumbre,
¡tornó soberbio a la nativa cumbre!

VI

¡Cuántos recuerdos despertó el viajero,
en el calvo señor de la montaña!
Por eso se agitaba entre su nido
con inquietud extraña;
y, al beso de la luz del sol naciente,
volvió otra vez a sacudir las alas
y a perderse en las nubes del oriente!

¿A dónde va? ¿Qué vértigo lo lleva?
¿Qué engañosa ilusión nubla sus ojos?
Va a esperar del Atlántico en la orilla,
los sagrados despojos
de aquél gran vencedor de vencedores,
a cuyo solo nombre se postraban
tiranos y opresores.

Va a posarse en la cresta de una roca,
batida por las ondas y los vientos,
¡Allá donde se queja la ribera
con amargo lamento
porque sintió pasar planta extranjera
y no sintió tronar el escarmiento!

¡Y allá estará! Cuando la nave asome
portadora del héroe y de la gloria.
Cuando el mar patagón alce a su paso
los himnos de victoria,
volverá a saludarlo, como un día
en la cumbre del Ande,
para decir al mundo: ¡Éste es el grande!

jueves, 6 de mayo de 2010

martes, 12 de agosto de 2008

El cóndor del zoo.





Sobre el montón de piedras que remedan
los escuetos penachos de los montes
donde se iba a posar tras largos vuelos,
gravemente parece que cavila,
nostálgico de abismos y horizontes
el cautivo monarca de los cielos.
sorda cólera enciende la pupila
del indómito reo,
que en vano, cruel, de libertad lo acosa
devorador deseo.
Arrogante y marcial en su apostura,
graves sus movimientos.
Emblema de altivez, le ciñe el cuello,
blanca, cual la golilla de un hidalgo
medioeval su golilla.
Es calva la cabeza altiva y ruda,
negro y lustroso y sólido el plumaje,
corvo el pico voraz, la garra fuerte,
y el ala, enorme remo
que la atmósfera azul hiende pujante,
hercúlea como brazo de gigante.
¿En qué piensa?... A través de los alambres
de su jaula, contempla hacia el ocaso,
coronadas de nieve las montañas
donde se pone el sol: divisa acaso
la peña en que solía
saciar sus hambres devorando entrañas.
O divisa la grieta inaccesible
donde al cerrar la noche se dormía,
teniendo arriba el cielo azul, sereno,
abajo precipicios y tinieblas,
y sobre las llanuras, a lo lejos
como un mar, los oscuros nubarrones
que en simulacro horrible
esgrimen el relámpago y el trueno.
Al despuntar el día,
oculto por las nieblas matinales,
sobre el rancho del indio,
en cauteloso acecho se cernía.
¡Balaba en el corral la cabra inquieta
y tímida el peligro adivinando,
mas ¡ay! Que de repente,
el rebaño se arrasa como al soplo
del viento los trigales,
cae con la celeridad de una saeta
el monstruo, y se levanta
sujetando famélico la presa
en la garra potente!
Recuerdos melancólicos lo abaten.
Recuerdos de su vida en las alturas
cuando solía cruzar entusiasmado
de una cumbre a otra cumbre,
imperturbable la mirada ardiente,
en misteriosa lucha con el vértigo
habitador siniestro del abismo,
y rápido bajar hasta el torrente
que el cimiento carcome a la montaña;
graznar para que el eco de su grito
repercuta en las hondas soledades,
humedecer las alas en el polvo
de luz de las cascadas,
y ebrio de libertad, como una tromba,
en inmensa espiral tender el vuelo,
y atravesar las nubes
soñando una excursión al infinito.
De pronto, el viejo soñador se yergue,
se inquieta, y lanza su graznido ronco.
¿Qué ha visto? Hacia el ocaso allá en el cielo
dos alas que se baten.
Es otro cóndor que en pausado vuelo
va a dormir a su nido
en la grieta granítica escondido.
Sorda cólera enciende la pupila
del indómito reo...
Nostálgico de abismos y horizontes,
es presa del delirio y no vacila.
¡Se va a dormir a sus queridos montes!
Con pesado aleteo
el montículo deja,
¡mas se estrella otra vez contra su reja! (Abril 1907)