viernes, 19 de agosto de 2011

El árbol de los pájaros

Alegría en el bosque

El canto del cachurrero

Gallito de agua

Concierto en la isla

Triste canta el crespín

Carpintero cantor

Allá lejos y hace tiempo...


Cap VIII:

A menudo, nuestros vecinos gauchos, cuando yo hablaba con ellos sobre
pájaros —sabiendo que ese tema me interesaba más que cualquier otro—
preguntábanme si yo había oído alguna vez la canción o el cuento del benteveo,
pájaro muy común en el país, que tiene el lomo marrón y la parte de abajo de
color amarillo azufrado, luciendo una cresta o copete, y ostentando en la cabeza
listas blancas y negras.
Es un poco más grande que nuestro "carnicero". Al igual que éste es rapaz
en sus costumbres. La cara rayada y su largo pico, como el martín pescador, le
imprimen un peculiar aspecto de sabio y astuto. El efecto es aumentado por el
largo y trisilábico canto, constantemente articulado por el ave. De dicho canto
deriva su nombre de bienteveo. El está siempre comunicándonos que se halla
presente y que ha puesto sus ojos encima de nosotros, por lo cual debemos ser
más cuidadosos en nuestras acciones.
El bienteveo, necesito decirlo, era uno de mis alados favoritos, motivo por el
cual pedí a mis amigos gauchos que me refirieran el cuento, que tanto
comentaban. Sin embargo, no conseguí una completa narración. Muchos hombres
lo habían oído. Ninguno recordaba el poema entero. Únicamente me podían decir
que se trataba de un relato muy largo. Más adelante colegí que era algo así como
la historia de la vida de ese pájaro y sus aventuras entre sus congéneres. Deduje
que el bienteveo siempre estaba tramando picardías y cayendo en apuros, pero que
invariablemente escapaba del castigo.
De todo lo que pude oír saqué enen consecuencia que pertenecía aquel cuento
al tipo del de Reynar el zorro, o al de los relatos gauchos referentes al peludo,
explicando cómo este singular animalito siempre consigue engañar a sus
perseguidores, especialmente al zorro, que se considera a sí mismo el más
inteligente de todos los animales y tiene a su honesto y torpe vecino, el peludo,
como a un zonzo de nacimiento.
Los viejos gauchos me informaban de que veinte o más años atrás, había
gente que recitaba con frecuencia "relaciones", en las que encontrábase incluida la
historia entera del bienteveo. Buenos payadores abundaban también en mis
tiempos. En los bailes había siempre uno o dos, que divertían con largos cantos o
recitados en los intervalos. Repetidamente procuré indagar entre muchos de los
que poseían mayor talento. No encontré ninguno que supiera la famosa balada del
bienteveo, y al final abandoné la búsqueda.
En lo que concordaban todas las historias que oí, era en que un hombre
acusado de un grave crimen, condenado a sufrir la última pena, mientras
aguardaba por largo tiempo su cumplimiento en la cárcel de la capital, se
entretuvo en componer la historia del bienteveo. Considerándola bien hecha,
regaló el manuscrito al carcelero, en reconocimiento de varios servicios que éste
le dispensara.
Aquel condenado carecía de dinero y de amigos que se interesaran en su
favor; pero, ya he manifestado, que, a la sazón, no se fusilaba a un criminal
inmediatamente de dictada la fatal sentencia.
Las autoridades preferían esperar, hasta que hubiese una docena o más para
ejecutarlos. Entonces se les sacaba de la prisión y se les ponía en fila contra el
muro exterior, colocando en frente un piquete de soldados armados de fusiles. Los
soldados, después de cumplir su cometido, cargaban de nuevo sus armas y
aproximándose a los caídos, les aplicaban el "tiro de gracia" a quienes parecían
tener aún vida, Y tal porvenir esperaba a nuestro prisionero.
Mientras tanto, el poema circulaba. Lo leían con inmensa fruición varias
personas de las que constituían las autoridades. Una de ellas disfrutaba del
privilegio de acercarse al dictador, y pensando que podía proporcionar a éste una
pequeña distracción, tomó el poema y se lo leyó. Rosas quedó tan encantado de
aquella lectura, que perdonó al condenado y ordenó su libertad.
Todo esto, supongo, debió haber sucedido, por lo menos, veinte años antes
de que yo naciera. Llegué empero a la conclusión, de que el poema nunca fué
impreso, porque de ser así, hubiera llegado a mis manos. Creyendo que algunas
copias pudieran encontrarse en poder de los payadores, continué buscando...

Malambo del hornerito

El amigo de las aves



Voy entonar estas coplas
para nombrarlo al cantor,
se llama Juancho Chiviro
y canta que es un primor.

Me despierta a la mañana
y anuncia que amaneció,
y sigue cantando afuera
mientras espera la ración.

Soy amigo de las aves
pero sin jaula señor,
tengo un patio bullanguero
donde mateo con amor.

Grita el bicho feo,
canta el cardenal
silba la calandria,
canta el zorzal.

Soy amigo de las aves
pero sin jaula señor!

Los amansé sin apuro
con las sobras del mantel.
El Chiviro fue el primero
y luego todos tras él.

Hay quienes en una jaula
el canto quiere encerrar
pero en prisión nadie canta
solo se puede llorar.

Soy amigo de las aves,
pero sin jaula señor.

jueves, 18 de agosto de 2011

El tero




Además del nombre más común de esta zancuda, tero, Lisandro Segovia cita en su “Diccionario de argentinismos” los siguientes: En guaraní, teteu, terotero y teruteru; en el Brasil teu teu y quero quero; en Chile queltregüe o quiltrehue, que es voz arancana, seguramente, y en el Perú, güerequeque. Es de nuestras aves más populares, incluida destacadamente en la literatura y el folklore. Nombre técnico (Belonopterus chilensis lampronotus).

Picazo-overo, alertero,
el tero de buena pinta,
alto, erguido y adornado
con airón de pluma fina.
Junta en sus modalidades
la audacia con la malicia
y quiere arreglarlo todo
con su grito y su política.
Arrimado a las aguadas,
en tierra baja se afinca,
donde con su buen discurso
halla lo que necesita.
Ni árbol, ni cueva, ni hueco
ni matorral lo cobijan;
quiere el horizonte abierto
y al raso para la vida.
Pone tres huevos overos
en el hoyo donde anida
y a veces unas virutas
de resaca al nido arrima.
Para ocultar la nidada
muchas mañas utiliza,
agachadas y amenazas
y graciosas picardías.
Saluda atento a los perros
aunque no le simpatizan
y pronto lleva sobre ellos
acrobacias agresivas,
o al carancho pone en fuga
con ágil acometida.
El rojo espolón del ala
es un arma siempre lista.
Siempre al tope de la noche
su bulliciosa vigilancia.
Tero, qué tero alertero
que por cualquier cosa grita.

El picaflor




Hay en toda América unas seiscientas especies de picaflores o pájaros moscas. En lenguaje técnico se los ha llamado Topaza (Topacio), Chrysolamps (brillo de oro), Lampornís (ave brillante), Calhotorax (pechuga hermosa), etc. Se alimentan del néctar de las flores que succionan con la lengua y de pequeños insectos. Hacen su nido en alguna ramita y a veces sobre la punta de una hoja, empleando fibras, musgos y telarañas. En la colección ornitológica de Entre Ríos figuran el picaflor bronceado (Hylocharis chrysura), elpicaflor verde (Chiorostilben sureoventris) y el picaflor azulado Heliomaster turciter).

Picaflor, pájaro, mosca,
picamirto, colibrí,
rondaflor, pájaro abeja,
tominejo, guanumbí,
zumbador, tente, tumiño,
sunsún, rundún, mainumbí.
En juego de tornasoles
juega el lujoso matiz.
Si él eligió esos colores
se ve que supo elegir,
vistosa seda flamante,
verdiazul, rojirrubí.
Las flores se secretean
cuando lo miran venir.
Vestido con esas galas
quien se puede resistir!
Con gracioso atrevimiento
estira el pico sutil.
Al canto no lo precisa
su modo de seducir.
Sagaz buscador de néctares,
pequeña vida feliz,
va volando volandero
por la rosa y el jazmín.
Chispa de estrella graciosa
irisando el aire gris.
Estela de rumor tierno
va dejando tras de sí.
Desprendido del paisaje,
diminuto y varonil,
luce su oficio de pájaro
tan entregado a vivir.

El Martín Pescador


En la Argentina existen tres especies de esta alcedínida –de distintos tamaños- y las tres se encuentran en Entre Ríos. El Martín Pescador mediano es el Chloroceryie amazona. Hay diferencias en la coloración del plumaje entre uno y otro sexo, siendo el de la hembra el menos vistoso.

Retacón, pura cabeza,
con esa facha parece
tras de feo, medio zonzo;
más de zonzo nada tiene.
Tiene el pico agudo y recio,
blanca gola y blanco vientre,
el pecho marrón rojizo,
lomo verdoso luciente.
Ríos y arroyos recorre
y entre árboles se detiene.
Cuando de anidar se trata
la barranca lo guarece,
donde hace a su modo un túnel
sin ningún inconveniente.
EL oficio de la pesca
lo alimenta y lo divierte.
Aunque es de los que se mojan
la vez que pescado quieren,
tiene viveza y recursos:
sale con la suya siempre.
Sujeta el vuelo en un punto
sobre la lenta corriente,
mientras hunde la mirada
descubridora de peces.
De pronto como flechazo
en el agua se sumerge
-fijo el ojo, listo el pico-
y, como el tino no pierde,
con un blanco pececito
al instante reaparece.
Con lo lindo de sus días
de tanto en tanto se yergue
y e su canto de matraca
toda su alegría enciende.

El jilguero



Este pajarito que abunda en algunas zonas, está clasificado con el nombre de Sicalis flaveola pelzelni. Anda generalmente en bandadas y, como además de los insectos, le gustan los granos, visita los trigales, arrozales y sembrados de alpiste.

He visto cruzar la tarde
en vuelo bajo al jilguero
en bandadas melodiosas;
mientras –celeste tropero-
a silbidos y pechazos
repunta nubes el viento
y amontona soledades
sobre el vasto campo quieto.
Briznas de cielo en el pico,
briznas de sol en el pecho,
sombra de nube en las alas.
aire gracioso en el vuelo;
el trino, música tierna
donde se acuna el silencio,
y hebras de amor en su nido
cuando llega el dulce tiempo.
Entre qué débiles cañas
qué nidito tan pequeño!:
sutil trama primorosa
entre el milagro y el sueño,
como si la misma brisa
lo sostuviera en sus dedos.
Y cuando ya los trigales
aprontan su oro moreno,
los pichones creciditos
ensayan tocar el cielo.
Y se agrandan las bandadas
y, en los días de sosiego,
todo el paisaje se endulza
con música de jilgueros.

El casero



En distintos trabajos y referencias sobre el casero se registran los siguientes nombres: En el Uruguay y Provincia de Buenos Aires: horneros; en Santiago del Estero y Tucumán, casero y hornillero; en Salta, casero, lo mismo que en Entre Ríos; en Córdoba, San Luis y Catamarca, caserita; en La Rioja, catalina; en Corrientes y en Chaco, alonsito; en Misiones, ogaraltig, voz guaranítica quie significa casa nido; en Brasil, Joao de Barro; en el Paraguay, alonsito. Es uno de los pájaros más populares de la Argentina. Nombre técnico: Fumarius rulos.

Con voluntad, con baquía,
con amor y con esmero,
en lugares elegidos
hace su casa el casero.
Cuando no le dejan árboles
él procura asidero
de un horcón, una cumbrera
o algún poste de telégrafo.
Con fe cumple su destino
y, animoso y desenvuelto,
si le destruyen el nido
él lo construye de nuevo.
En ese rancho seguro
no lo asustan aguaceros,
ni el pampero lo atribula,
ni les teme a los inviernos,
ni el morajú que es tan diablo,
se vio de puertas adentro.
Si en el monte o en la isleta
alguien perturba el sosiego,
lanza su punzante alarma
que enciende vagos misterios.
Cuando festeja la lluvia
da gusto escucharlo y verlo:
la alegría se le sube
por la voz y por el cuerpo.
Laborioso, alegre y libre
luce su overol modesto
del color que le conviene:
barro aclarado en el fuego.
Y al barro le casa brillo
su arte de fino arquitecto.
Barro familiarizado
con la luz y con el cielo,
que se le entrega y no mancha
su limpia vida de obrero.

El cachilo



De Entre Ríos y Corrientes se llama cachilo a la especie que en ornitología se denomina Zonotrichia capensis argentina. Nombres vulgares en otras regiones: chingolo, chingol, chuschin, etc. Pone cuatro huevos de color azulado con manchitas pardas.

La soledad campesina
se decora con su gracia.
Por los patios suele andar
picando y salta que salta;
como jugando se allega
al mortero a buscar granzas;
vueltea por los corrales
o al campo libre se larga.
Su nido de paja y cerda
oculta bajo una mata.
El llano limpio le gusta
para vivir a sus anchas,
pero en el monte lo mismo
su alegría desparrama
y a los parques ciudadanos
hace también su entrada.
Cantando se desempeña,
aunque no es cantor de fama.
Chuí-chío-chío-chír…ese canto
encendido en la mañana,
acendra agrestes sabores,
zumos dormidos levanta,
quema pétalos de cielo
y virutas perfumadas.
Cuando en el hondo crepúsculo
de pronto el cachilo canta,
dicen que el viento sur viene
cantando en esa garganta.
La campiña por su canto
circula suaves fragancias
y suben profundos jugos
de la soledad callada.

El carpintero



El nombre del carpintero común o bataráz es Chrysoptilus melanolaimus perplexus. Hay distribuidas en la diversas regiones de la argentina unas veinticinco especies de carpinteros, de las cuales se hallan ocho en la provincia de Entre Ríos.

Como pobre, vive a saltos,
pero alegre y sin renuncios.
Sabe ganarse la vida
como obrero corajudo.
En medio de su pobreza
se empaquetó como pudo:
un ropaje bataráz,
pero bataráz de lujo,
y un bravo copete rojo
que lo empenacha de orgullo.
Requisa insectos y larvas
en los lugares ocultos;
y reserva de energías
para el constante ejercicio.
Hurga huesitos y hendijas
con entusiasmo prolijo,
sin perdonar una araña,
sin que se escape un bichito.
Y todavía lo encuentran,
picoteador, movedizo,
cuando el sol detrás del monte
quiere quedarse dormido
y desde el hueco de un árbol
lo está llamando su nido.
Las horas le salen cortas,
el día le queda chico.
Con el ardor del trabajo
y con la fiebre del brinco,
en la ronda bailadora
va tejiendo su destino.

El chorlito

En la Argentina hay diversas especies de chorlos, entre ellos el (Thinocerus rumicivorus), el chorlo pampa (Pluviales dominicus). En las colecciones del Museo de Entre Ríos se hallan representados el chorlito (Tringa solitaria cinnamonea), el chorlito manchado, el chorlo menor de patas amarillas,el chorlo canela, el chorlo cabezón y otros. La frase cabeza de chorlito expresa candidez, ligereza de juicio o falta de sentido razonador. Caer como un chorlito o dejarse agarrar como un chorlito, indica incapacidad revelada en determinado trance para oponer recursos defensivos frente a designios adversos.



Vestido de espuma y sombra;
el porte airoso y sencillo;
pequeñita la cabeza;
hurgador delgado pico.
Pone la nota más tierna
en las costas de los ríos
y con su presencia alegra
el arenal extendido.
Amador de las dulzuras
de los días de estío,
les saca el cuerpo a los daños
de los rigores del frío.
Por las playas se pasea
en el sol del tiempo lindo,
cuando la atmósfera tiene
caricias tibias y mimos.
Frente al vasto panorama,
junto al ancho espejo líquido,
en las mullidas arenas
hace en un hoyo su nido.
Muestra su esbeltez de flor,
frágil, delicado, erguido,
lleno de gracia inocente
por las márgenes del río.
Su confiada mansedumbre
no repara en los peligros.
Retozando y aleteando
en jubiloso ejercicio,
por la arena se expansiona
juguetón como un chiquillo.

El gorrión





La especie que abunda en la Argentina es el gorrión común (Passer domesticus). Pone generalmente cuatro huevos, de color grisáceo con pintas. Fue introducido al país por Sarmiento y se ha reproducido extraordinariamente.

El gorrión llegó hace mucho
desde muy lejanas tierras
y halló en esta tierra gaucha
para siempre su querencia.
Se hizo tan de estos lugares,
tan familiar su presencia,
que ya en el paisaje nuestro
tiene raíces eternas.
Se lo pasa cuchicheando
o cantando a su manera,
movedizo y muy orondo
con su humilde vestimenta.
Le gustan para anidar
las viejas casas de tejas,
los huecos de los andamios
y los pozos, las taperas,
los aleros apropiados
y también las alamedas.
Insectos y gusanitos
para alimentarse encuentra,
o confiado y desenvuelto
llega seguido a las huertas
sin preguntar por el dueño
a buscar verdura fresca.
No hay mal tiempo que lo achique
ni crisis que le haga mella.
Su alegría conversada
va por patios y azoteas,
escribiendo en el paisaje
su optimismo a toda prueba.

La tacuarita

La tacuarita es un pajarito movedizo, que anida en los huecos de los árboles viejos o de los postes de alambrado. Pone cuatro huevitos de un alegre color rosado con pintas. Asimismo se la llama ratona, debido a su color arratonado y quizá también por el modo que tiene de deslizarse. Nombre técnico: (Throgiodytes musculus bonariae). Hay otra especie: la tacuarita azul (Polioptila dumicola).


La Mañana por el campo
va rebalsando de sol,
Y la tacuarita se alza
con la mañana en la voz.
Alegría de la tierra,
melodioso corazón;
el paisaje se le rinde,
retratado en su canción.
Su canto es un agasajo
a la vida y al amor.
Apenitas tiene un cuerpo;
se le fue en trino y fervor.
Alma que ya se desalma
en purísima emoción,
por lo alegre y lo florido,
por lo lindo y lo mejor.
Tiene en el hueco de un poste
su nido, que es un primor,
sus huevitos parecidos
a su canto en el color;
viejito pero cuidado
su traje color ratón.
Por sobre los alambrados,
pájaro gaucho y cantor,
volando a vuelos cortitos,
cantando con voz mayor.
Su cuerpo tan chiquitito,
su canto tan sobrador
como si toda la vida
le corriera por la voz.

Pitanguá



El pitanguá o benteveo figura, en la clasificación científica , con el nombre de Pitanges sulfuratus bolivianus. Otros nombres vulgares; bien-te-ví, quintové, tristefin, todos los cuales son voces imitativas de su grito. En guaraní: Pitánguá.

Benteveo, bichofeo:
en Entre Ríos pitanguá,
en Corrientes pitogüé
y genteveo en San Juan;
quetupí en Salta le dicen;
en Mendoza pitojuán;
es tistihuel en San Luis,
es quitupí en Tucumán,
mientras los catamarqueños
lo apellidan quechupai.
Boina negra, vincha blanca
y un ponchito así nomás,
pero en el pecho le canta
florido miquichizal.
En árbol de buena altura
es gustoso de anidar,
sea un tala, un algarrobo,
un curupí, un ubajay,
un eucalipto, una acacia,
un sauce, un aguaribay.
Con pajas, lanas y plumas
hace un nido de admirar,
sea un tala. un algarrobo,
un curupí, un aguaribay.
Con pajas, lanas y plumas
hace un nido de admirar;
una choza redondita
de dar changüí al vendaval
y brindar a los pichones
abrigo y seguridad.
El sustento no lo aflige:
él se sabe rebuscar;
ni la langosta se escapa,
y también sabe pescar.
Todo lo festeja a gritos,
siempre entusiasta y tenaz.
En remesón de alegría
y efusión de claridad,
su festivo grito corre
por toda la vecindad.

El Biguá



Hay varias especies de biguá (del guaraní mbiguá). La más común de estas aves es la especie Phalacrocórax olivaceus. También es conocido en Entre Ríos el biguá víbora (nhinga) que difiere de aquel en el color y debe su nombre a las características de sucuello.

El cuerpo largo cubierto
de una vestimenta oscura;
fino cuello, pico fuerte
con la extremidad ganchuda.
Para su nido, entre arbustos
un lugar costero busca;
el nido es de ramas secas
con alguna que otra pluma;
la nidada es un tesoro
que celestamente alumbra.
Troncos que lentos navegan
como balsas vagabundas,
suelen sostener bandadas
que a secarse al sol se juntan.
La bandada en vuelo forma
larga hilera que se aguza
con apariencia de proa
que lleva un guía en la punta.
En zambullón, nado y vuelo,
acopia fama segura.
Es desconfiado y observa
todo cuanto le circunda,
obrando rápido apenas
un peligro se insinúa.
En su libertad se afinca;
en sus virtudes se escuda.
Enamorado del agua
donde tiene su fortuna,
en el agua diaria escribe
la familiar aventura
y por arroyos y ríos
sus alegrías pronuncia.

El Juan-Chibiro


El Juan-chibiro, o Juan-chibío (o Juan chivito según aparece en algunos textos) debe su nombre a su canto. También se la llama, en algunas provincias, pipitela, pepitero, etc. Nombre técnico:(Cyclarhis gujanensis).


Sencillo pero vistoso
se presenta el juan-chibiro:
plumaje pardo en el lomo,
vientre marrón desteñido;
largas chuletas oscuras
llegan al pecho amarillo,
y remata su figura
un casquete renegrido.

Inspecciona la arboleda
donde fabrica su nido;
leve aroma en paisaje
son los pétalos del trino.

De árbol en árbol repite
su nombre tan conocido;
lo dice desde los álamos
y desde los eucaliptos
y lo pregona en el vuelo:
Juan Chibiro, Juan Chibiro.

Ingenua música urgida,
delgado resorte rítmico,
fino rulo de alegría,
salta al aire su silbido.

En cada árbol que visita
sólo se para un ratito
y sigue su itinerario
después de hacerle un cumplido.
Bebe los jugos del día
mientras pule su estribillo.

Y siempre agrada escuchar
esa voz, que es voz de amigo
llena de emoción sencilla:
Juan Chibiro, Juan Chibiro.

miércoles, 17 de agosto de 2011

El hornero

La casita del hornero
tiene alcoba y tiene sala.
En la alcoba la hembra instala
justamente el nido entero.

En la sala, muy orondo,
el padre guarda la puerta,
con su camisa entreabierta
sobre su buche redondo.

Lleva siempre un poco viejo
su traje aseado y sencillo,
que, con tanto hacer ladrillo,
se la habrá puesto bermejo.

Elige como un artista
el gajo de un sauce añoso,
o en el poste rumoroso
se vuelve telegrafista.

Allá, si el barro está blando,
canta su gozo sincero.
Yo quisiera ser hornero
y hacer mi choza cantando.

Así le sale bien todo,
y así, en su honrado desvelo,
trabaja mirando al cielo
en el agua de su lodo.

Por fuera la construcción,
como una cabeza crece,
mientras, por dentro, parece
un tosco y buen corazón.

Pues como su casa es centro
de todo amor y destreza,
la saca de su cabeza
y el corazón pone adentro.

La trabaja en paja y barro,
lindamente la trabaja,
que en el barro y en la paja
es arquitecto bizarro.

La casita del hornero
tiene sala y tiene alcoba,
y aunque en ella no hay escoba,
limpia está con todo esmero.

Concluyó el hornero el horno,
y con el último toque,
le deja áspero el revoque
contra el frío y el bochorno.

Ya explora al vuelo el circuito,
ya, cobre la tierra lisa,
con tal fuerza y garbo pisa,
que parece un martillito.

La choza se orea, en tanto,
esperando a su señora,
que elegante y avizora,
llena su humildad de encanto.

Y cuando acaba, jovial,
de arreglarla a su deseo,
le pone con un gorjeo
su vajilla de cristal.

El picaflor

Run ... dun, run... dun ... Y al tremular sonoro
Del vuelo audaz y como un dardo, intenso,
Surgió de pronto, ante una flor suspenso,
En vibrante ascua de esmeralda y oro.

Fué color..., luz..., color... A un brusco giro,
Un haz de sol lo arrebató al soslayo;
Y al desaparecer con aquel rayo,
Su ascua fugaz carbonizó en zafiro

La tórtola montaraz


Bajo el denso tallar cuyo reposo
promete al alma soledad eterna,
se compunge su arrullo misterioso
en musical retumbo de cisterna.

Con un lento llorar de hoja marchita,
mulle el bosque otoñal pálida alfombra,
y en la queja recóndita palpita
el corazón profundo de la sombra.

Gloria solar


Al pie del tala inmóvil y sombrío,
rueda lentejas de oro el manantial,
y un canto, triolio, triolio,
rompe al sol de la siesta: el cardenal.

Brilla la brasa audaz de su copete
con un erizamiento casi cruel;
y su arrogancia de gentil cadete
florece en ella como en un clavel.

Mientras con perezoso cuchicheo
sopla el bochorno un hálito de fragua,
pule como un diamante su gorgeo,
sutil cristal en que se alegra el agua.

El halcón


Una sombra fugaz gira en el claro
y como si en su grito descorriera
un sonoro cerrojo, campo afuera
la avizora gallina busca amparo.

Vibra él, alto en los aires. El sol lustra
su atigrado plumaje cuando vira.
Punza, bravío, su ojo de oro. Y su ira
en un lamento lúgubre se frustra.

La perdiz

Su andar de doncella inquieta
pone la angustia del yerro
en las narices del perro
y el cañón de la escopeta.

Pero, al abrigo falaz
de la hierba fresca o mustia,
también tiembla en dulce angustia
su silbido montaraz.

Así, en tal desasosiego,
y ante todo azar perpleja,
su timidez empareja
con la gleba del labriego.

Atenta al más leve tris
que, agazapándose, escucha,
parece que la encapucha
la estepa del campo gris.

Todo el color que así pierde,
como en brillante renuevo
pinta su morado huevo
que en la martineta es verde.

Y tras el natal terrón,
o al despavorido vuelo,
zumba en su eterno desvelo
la saña del perdigón.

El cacholote

Agobia un árbol con la pesadumbre
de su nido de mal trabada leña.
Su erizado copete se desgreña
sobre el plumage de color de herrumbre.

Turbulento, parece que relincha,
sorbe al descuido el huevo de la clueca,
y a veces, su azulada pata seca,
algún robado pichoncillo trincha.

Suaviza un remoto eco de montaña
su pífano de rústica dulzura,
y parece aclararse de frescura
la honda felicidad de la campaña.

La torcaz


El pleno sol goza enhiesta
sobre un seco y alto tronco.
Desgrana en su arrullo ronco
su áurea mazorca la siesta.

El follage, más umbrío,
le ofrece en vano su toldo,
y en palpitable rescoldo
mulle su pluma el estío.

Los Captaros

Altos e invisibles sobre la laguna,
y atardando un vuelo, como el sueño, blando,
los cisnes negros cuellos van cruzando
por el blanco abismo del claro de luna.

Y "¡cáptaro, cáptaro!", grita el delantero,
y "¡cáptaro, cáptaro!", responde la banda,
al hallar el charco que buscando anda,
borrado de luna todo derrotero.

Que así, en extraviados delirios azules,
cuando la alta luna congrega su tropa,
confunden con Ledas las piezas de ropa,
o en las azoteas se estrellan, gandules.

Piérdense un instante detrás del barranco
mas, pronto, su giro veloz no vacila,
y sobre la plata del agua tranquila
caen en un leve relámpago blanco.

La luna, embriagándolos con su albo destello,
creó su sedosa blancura de perla,
y un poco de noche les quedó al beberla
en la prominente redoma del cuello.

No mancha la inmensa claridad un tizne,
y la luna, extática sobre los paisages,
sueña como un ángel cándidos celages
en que desparrama su pluma de cisne.<



El aracucú

La medianoche, sobre la montaña,
trasluce como una uva un torvo azul...
Más lóbrego el ramage se enmaraña...
y en un gemido de dulzura extraña
llora la selva: Ar...rrra, cu-cú, cu-cú...

Lento río de estrellas vuelca el cielo...
Llénanse de fragancia la quietud...
Y el pájaro invisible, en su desvelo,
llora sin esperanza de consuelo,
doliente y fiel: Ar... rrra..., cu-cú, cu-cú...

La soledad suspira desde el soto
un profundo frescor; se agrava aún,
y más la llora aquél gemido ignoto,
a la vez tan cercano y tan remoto
como la muerte: Ar... rrra, cu-cú, cu-cú...

La lechuza

Evocando tristes cruces
y cosas de sepultura,
prende ante la cueva oscura
su linterna de dos luces.

Cierra un claro anochecer
lentos ojos de amatista,
y ella al caminante chista
o habla con voz de mujer.

Y en aquél falaz remedo
de incomprensible palabra,
pone su burla macabra
la loca risa del miedo.

El ataja-caminos

Al ras del camino de amplitud serena,
que un tardo crepúsculo tapa de ceniza,
su evasiva sombra de espectro desliza,
o, pegado al suelo, se borra en la arena.

Más meditabunda pónese la calma.
El paso, más sordo, la arena derruye.
Y en el suave pájaro que va, vuelve y huye,
parece que al campo se le turba el alma.

Extasis


El Rey del Bosque en la quebrada umbría
está cantando. El vespertino tul
flota ya, y en el canto se gloría
profundamente la montaña azul...

Profundamente azul. Y aunque, entre tanto,
brota una estrella de la inmensidad,
la tarde va aclarándose en el canto
hasta volverse claridad.

El tero

¡Tero-tero, tero-tero!...
Y fingen, rojas y alternas,
sus aceleradas piernas
los canutos del flautero.

¡Tero-tero!... Y así embauca
con su propio grito iluso,
lejos del huevo confuso
de pinta pecosa y glauca.

Todo el campo se alborota
y con premioso desvelo,
en un concéntrico vuelo
ya el grito en el aire flota.

En su ala picaza oscila
el sol que al trasluz la esmalta,
y parece que en voz alta
se alegra la luz tranquila.

Desde el rancho, hacia el camino
mira alguien desde la puerta,
porque nunca desacierta
su anuncio de buen vecino;

que así, de noche o de día,
siempre cerca de la casa,
al ruido de lo que pasa
suelta su grito a pofría.

Grito familiar que el viento
lleva por llanos y charcas,
aunque, según las comarcas,
tiene distinto el acento.

Grito que al compás del ala
va en perentorios rechazos,
cual si espantara a cañazos
a la gente intrusa y mala.

Así, de intrépido modo
avizoran hembra y macho,
erguido el negro penacho,
pronto el espolín del codo.

La gola que se le crispa,
fugaz tornasol dilata,
y el espolín escarlata
adquiere un brillo de chispa.

O bien, con sagaz remusgo,
al soslayo se agazapa,
bajo su evasiva capa
de adecuado color musgo.

Y así vigila expedito,
con firmeza valerosa,
siempre claro el ojo rosa,
pronto siempre el claro grito.

¡Tero-tero! con la aurora
que ruboriza ese alarde.
¡Tero-tero! con la tarde
que nubes y campos dora.

¡Tero-tero! en el estero
que va la sombra aplomando.
Y en el plenilunio blando,
¡Tero-tero, tero-tero!...

Danza de la paloma enamorada

martes, 9 de agosto de 2011

Como un pájaro libre


Como un pájaro libre de libre vuelo,
como un pájaro libre así te quiero.

Nueve meses te tuve creciendo dentro
y aún sigues creciendo y descubriendo.
Descubriendo, aprendiendo a ser un hombre,
no hay nada de la vida que no te asombre.

Cada minuto tuyo lo vivo y muero
cuando no estás mi hijo cómo te espero
pues el miedo, un gusano, me roe y come
apenas abro un diario busco tu nombre.

Muero todos los días, pero te digo
no hay que andar tras la vida como un mendigo.
El mundo está en ti mismo, debes cambiarlo
cada vez el camino es menos largo.




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