sábado, 18 de junio de 2011

La garza


En su abstracto candor, el tiempo vano
Inmoviliza eterno, hondo, distante,
La soledad obscura del pantano
Y una línea de tiza interrogante...

El Martín Pescador


Sobre el remanso azul, agudo acecha
Desde un lánguido gajo del sauzal,
En inminente inclinación de flecha,
La lentitud profunda del caudal.

Oro de sol en la corriente boya...
Y destellando un súbito arrebol,
Identifica el pájaro en su joya,
Sauce verde, agua azul, y oro de sol...

El zorzal


Al matinal
cielo de añil,
desde el pensil
lanza el zorzal,
silbo viril,
loa jovial,
que rompe el tul
inmaterial
del alba azul
y angelical.

Largo arrebol
dilata el sol
por el tapial
de aquél vergel,
donde, rival
más calro qu'él,
trinas, genial,
cantas, sutil,
pueril zorzal,
zorzal gentil.

La monjita


Para que nada sus vuelos estreche,
busca, a la siesta, una rama bien sola,
y cae de ella con sesga cabriola
cual si volcara una copa de leche.

Como escribiendo en el aire, revuela;
mas, pronto en su sitio posada,
plegando el ala, de negro bordeada,
sobre de luto le pone a su esquela.

Trémulo pasa un zumbido de insecto.
La avecilla parece más pura
con la quietud. Su perfecta blancura
cobija un silencio perfecto.

Se ahonda en pálido abismo la calma,
y al remoto misterio del campo,
la avecilla revela en su ampo
la blanca y muda presencia de un alma.

El loro


Socarrón, perspicaz, sonoro,
a la casa aturde y alegra
con su ladina lengua negra,
sobre su aro o su percha el loro.

Sabe cantar un tango entero,
los nombres nunca desacierta,
y según llamen a la puerta,
grita: "¡La leche!" o "¡El cartero!"

Ya repite la carcajada
y el rezongo de la vecina,
ya, remedando a la gallina,
miente otro huevo a la nidada.

O apreciando al pelafustán,
con su sagaz ojo de vieja,
le suelta, mientras lo festeja,
una medalla y un refrán.

Y es de admirar con qué decoro
no desprovisto de ironía,
dice a la fámula tardía:
"No se olviden del pan del loro."

Mas, aunque el pan sea muy rico,
apenas hay mejor regalo
que el de darle a mondar un palo
donde pueda gastarse el pico.

También sirve un aro de pipa;
pues, si no se hace de este modo,
el mismo se despluma todo
y al primer frío se constipa.

En el nativo quebrachal,
labra su nido, sin empacho,
agujereándose un quebracho
sobre la línea transversal.

De eso le queda la costumbre;
y así, con cháchara traviesa,
cala una pata de la mesa
o una viga de la techumbre.

Suspenso allá cabeza abajo,
mientras le ofrecen una caña,
con irritante sorna engaña
su balanceo de badajo.

Pero, como es una persona,
en el fondo amable y sensata,
sabe también "poner la pata"
en el dedo de la patrona.

Y habla con tal circunspección
y propiedad tan perentoria,
que oigan ustedes esta historia
que es cosa cierta, no invención:

Un chiquillo que no sabía
que existiese un pájaro que habla,
con su lindo fusil de tabla
junto a un loro se divertía.

Alborotado el pelo de oro,
paróse ante él, impertinente,
cuando de pronto, gravemente,
"¿Cómo te va?", le dijo el loro.

Ante aquel aire de doctor,
que le infundió profundo engorro,
quitándose el chiquillo el gorro,
respondió: "Bien. ¿Y a usted, señor?"...

Porque no en vano él atesora,
cuando libre remonta el vuelo,
en la frente un poco de cielo
y en el ala un poco de aurora.

Como una joya que bien labra,
oro y rubí su pluma integra;
y su ladina lengua negra
saca el oro de la palabra.

Oro de loro que es tesoro
de alegría y de ingenio claro.
Fútil metal que acuña en su aro
con derroche estridente el loro.

La cachila


Un gemidito titila
por el aire, donde, en vilo,
como colgada de un hilo
va subiendo la cachila.

Allá cerca ha hecho su nido,
de la huella que en el barro
deja la mula del carro
al pasar cuando ha llovido.

Y así el pajarillo blando,
entre el riesgo y el estruendo,
vive volando y gimiendo,
muere gimiendo y volando.

La curruca


Crrr... rrric-Crrr... rrric. En la pared que trepa
como un ratón (le llaman la ratona)
en la torre, en el césped, en la cepa,
resalta su minúscula persona.

Con algo de tarántula y de avispa,
corre o vuela, y se engríe bravamente
la prez del ruiseñor, su alto pariente,
en su vivaz crepitación de chispa.

Allá en el caballete de ladrillos
que alberga, con desdén de todo asalto,
un rosado primor de huevecillos,
canta, al sol de las doce, el pico en alto.

Parece que el fulgor la traspasara,
roto en un vidrio, en vívido chapuz.
Y como un botijillo de agua clara,
desborda enajenándose de luz.

jueves, 16 de junio de 2011

El Pito-Juan


En la punta del chopo (tan alta
que se azula) con súbito afán
que su grito clarísimo exalta,
pide a Juan ¡Pito, Juan, Pito, Juan!

A la gloria del sol de la tarde,
su pecho es un largo limón;
y en su grito de intrépido alarde,
palpitar se le ve el corazón.

¡Pito, Juan, Pito, Juan, pito, pito
Pito, Juan!... Y erizado el capuz,
todo su oro se publica en el grito
como abriendo un capullo de luz.

La urraca


Tiene manto negro y celeste,
camisa crema y boina negra;
fiero el pico, y un grito agreste
y matinal, que al bosque alegra.

Con crugido de nuez cascada,
rima sus saltos de perfil.
(También hay la urraca morada
de Misiones y del Brasil).

Estalla el son en su metal.
Y en su lujoso terciopelo,
borra de noche y luz de cielo
mezcla la selva tropical.

La golondrina

(Fotos: Alec Earnshaw)
En la trama ligera
de un girón de neblina,
su primer golondrina
trae la primavera.

Detrás de ella abre el cielo
serenísimo tul,
y en su intrépido vuelo
colúmpiase el azul.

Y los vértigos salva,
tendida al infinito,
y aclárase en su grito
la perla azul del alba.

Cristales de luz quiebra
su presuroso afán,
o prolonga una hebra
de sol, en largo hilván.

O con sutil donaire
su veleta dibuja
en la sublime aguja
del castillo del aire.

O sobre el turbio estero
pasa echando la red,
o estrellado tintero
semeja en la pared.

O parece que llama
solícita al enjambre,
poniendo en un alambre
su alado telegrama.

Pero, no bien se posa,
cuando parte, gentil,
en un ensueño rosa
de tarde pastoril.

Un esplendor sonoro
bajo ella se desliza,
mientras la tarde riza
sus corderitos de oro.

Su V, su T, su H,
pinta en un arrebol,
y engarza su azabache
con su aro ardiente el sol.

miércoles, 15 de junio de 2011

El boyero


A su isla umbrosa siempre fiel,
con oscura fibra espartera
se teje, en larga faltriquera,
un nido negro como es él.

Pronto aprende a cantar gentil,
ciertas palabras con dulzura.
Su pico blanco, en la negrura,
talla un silbato de marfil.

La tijereta


Ya vuele errática y ligera,
ya pesque al ras un renacuajo,
con el más sorprendente tajo
corta los aires su tijera.

No se oculta ningún tesoro
bajo el paño gris de su capa,
pero su gorra negra tapa
un eréctil capullo de oro.

Su nido expone al huracán
en el gajo m´sa fino y alto,
de donde ve sin sobresalto
al carancho y al gavilán.

Y plantándosele en la nuca,
sin temer su pico de gancho,
ahuyenta al mandria del carancho
hasta raparle la peluca.

El jilguero


En la llama del verano,
que ondula con los trigales,
sus regocijos triunfales
canta el jilguerillo ufano.

Canta, y al son peregrino
de su garganta amarilla,
trigo nuevo de la trilla
tritura el vidrio del trino.

Y con repentino vuelo
que lo arrebata, canoro,
como una pavesa de oro
cruza la goloria del cielo.

El llora-sangre


Llora-sangre el mártir en su áspera rama.
Tanta sangre llora su desolación,
que parece el rayo del sol que lo inflama,
todo tinto en sangre como un corazón.

Mudo y solitario, su éxtasis confina
en lo más perfecto de la soledad.
Lágrima de sangre que manó la espina
en su dolorosa generosidad.

Los tordos


Del árbol que aterido se avejenta,
brota de un trino de lírico deleite,
y la siesta invernal se entibia, lenta,
en una suave claridad de aceite.

Poco a poco, otro trino se levanta,
y otro, otro y otros, en concierto tal,
que parece que todo el árbol canta
cual si se hubiera vuelto de cristal.

Pónese a oir, devoto, el campo entero;
oye la casa, y con quietud sumisa,
parpadea en las pajas del alero
el trémulo silencio de la brisa.

No cantan el amor, que aun el invierno
vela los talles con su ambiguo tul;
sino, como soñando en gozo eterno,
la ligera ebriedad del día azul.

Encogido en el nudo de su rama,
cada uno afina el inspirado alegro;
y en su negrura cárdena se inflama
con viva nitidez su ojo más negro.

Y el negro pico ajusta la armonía
con primoroso engaste de joyel.
Alicates de aquella pedrería
que talla el pájaro en su arrobo fiel.

Y el trino evoca las mañanas de oro,
cuando en el esplendor de la pradera,
rompe a cantar sobre la cruz del toro
su gloriosa fruición de primavera.

Y la vendimia audaz, cuando al arrimo
de los pámpanos de oro y de arrebol,
la sombra violeta del racimo
se inquieta en su evasivo tornasol.

Y el nido ajeno en que, bravío intruso
sin vivienda ni tálamo, desova,
no más cauto del huevo que allá puso,
que de las perlas sueltas de su trova.

En claro azul florece como el lino
la limpidez del cielo pastoril,
y parece que el aire, con el trino,
se pone más vibrante y más sutil.

Múllese en las campiñas el descanso.
Dulce, beatitud el alma enerva.
Y el tiempo corre delicioso y manso
como un agua dorada entre la hierba.

El carpintero


El maestro carpintero
de la boina colorada,
va desde la madrugada
taladrando su madero.

No corre en el bosque un soplo.
Todo es silencio y aroma.
Sólo él monda la carcoma
con su revibrante escoplo.

Y a ratos, con brusco ardor,
bajo la honda paz celeste,
lanza intrépido y agreste
el canto de su labor.

El federal


Dilatado en ferviente apogeo
ante el sol que transpone el vergel,
bebe en la onda feliz del gorjeo
una luz que parece de miel.

Su cabeza con ella le arde
como un ascua de claro arrebol,
e infla el pecho en que sangra la tarde,
con el brío de un húsar del sol.

Negra capa, mejor esclarece
aquel noble jubón de carmín,
y al compás de la marcha parece
que la alzara con el espadín.

Profundiza su azul la distancia
comienza la acequia a cantar.
Y un lecho de inmensa fragancia
le tiende el florido alfalfar.

La cotorra


Sobre el gajo trunco de un árbol en ruinas,
cuando es más pesada la solar modorra,
en la inmensa carga del nido de espinas,
su flámula verde pone la cotorra.

Con alborotadas desafinaciones,
llega propalando sus charlas burlescas;
y como en el nido tiene ya pichones,
le cierra la boca con ramitas frescas.

Allá se adormita con vago meneo,
o algún divertido palitroque labra;
y en la somnolencia de su cuchicheo,
se entrecorta un eco que casi es palabra.

El pirincho


Una mecha de paja al desgaire,
que el sol descolora allá arriba,
y un plañido de pito en el aire.

Y dos, tres, cuatro, seis... Comitiva
que llena de pluma sin peso
la rama en que apenas estriba.

Tanto alza la cola con eso,
que parece que en su desatino,
va a soltarnos el huevo azulino
firmado con letras de yeso.

El chingolo


Cuando el campo está más solo
y la casa, en paz, abierta,
aparece por la puerta,
muy sí señor, el chingolo.

Viene en busca de una miga
o una paja de la escoba,
que, ciertamente, no roba,
porque la gente es su amiga.

Salta, confiado, al umbral
y solicita permiso,
con un gritito conciso,
como pizca de cristal.

El sol, con larga escobada,
lo desfloca en áureo estambre,
y en un transparente alambre
trueca su pata delgada.

Otro salto, y ya está adentro,
y en el haz de sol avanza
pues no excluye su confianza
la idea de un mal encuentro.

Su ropita pastoril
la agracia un lindo copete.
(Si el cardenal es cadete,
el es conscripto gentil.)

Capa gris con caperuza;
camisa y corbata blancas;
chaleco café que en francas
negligiencias se descruza.

Aunque trasluce su forro,
bien le siente aquel modelo,
y un vivo de terciopelo
le orilla de negro el gorro.

Pálida espina de sol
pule su pico de cuerno,
y le brilla, ufano y tierno,
el ojillo de charol.

En la ladera de cuarzo
del camino que se ahonda,
bajo una mata redonda
anida de agosto a marzo.

Su cesto de cerda y paja
coloca al lado del Norte,
a fin de que así soporte
viento y lluvia con ventaja.

Y despistando al gandul
con artificios sencillos,
pone sus tres huevecillos
crispidos en fondo azul.

En la honda siesta de llama,
o en el crepúsculo frío,
su curí..., curí qui quio...
alegra la áspera rama.

Y todavía a deshora,
cuando las noches son bellas,
al amor de las estrellas
sueña cantando la aurora.

Bajo la estación más cruel
que las campiñas abruma,
de su bolita de pluma
brota un trino humilde y fiel.

Ya no abandona el contorno
de la casa solariega
donde como un chico juega
sobre el mortero y el horno.

Y como es tan poco esquivo,
en la misma troje acampa,
o el afrecho de la trampa
va a escarbar intempestivo.

O en el pajizo capuz
del adormilado alero,
se disfraza de jilguero
con el oro de la luz.

O con valeroso alarde
su postrer gorjeo empina
sobre la espléndida ruina
del palacio de la tarde.

En el primer desperezo
primaveral, con qué gracia
su flor anuncia a la acacia,
pinta su guinda el cerezo.

Y, amable chisgarabis
que a la doncella acongoja,
pía detrás de cada hoja
como diciendo: "Luis, Luis..."

Ya de afrecho se atiborra,
rondando a la molendera,
con lo que, de esta manera,
le ayuda a hacer mazamorra.

Ya entre los pollos pulula,
ya escudriña los cacharros,
y es vecino de los carros
donde la hace pan la mula.

En el silencio y la paz
de una estudiosa mañana,
se asoma a la escuela aldeana
como anunciando solaz.

Curí..., curí.. Y desde el seto
que trenza su verde cinta,
trae, en fragancias de quinta,
la tentación del asueto.

O en el patio de la escuela,
su saltito impertinente,
parece que eternamente
va jugando a la rayuela.

Y ahí donde ustedes lo ven,
cortés, mas nunca vasallo,
erizado como un gallo
traba su riña también.

Chingolito de mi vida,
que fuiste mi compañero
en el tiempo placentero
de la inocencia florida.

Quién me diera sin retardo,
volver a aquella delicia,
como en la estación propicia
le vuelve la flor al cardo.

Yo sufro mucho de amor,
y cuando estoy triste y solo,
quisiera oir al chingolo
para calmar mi dolor.

Después de la lluvia


Sobre la arena mojada aparecen ideogramas
como patas de gallina. Miro hacia atrás
pero no veo refugios o asilos de aves.
Habrá pasado un pato cansado, quizá rengo.
No sabría descifrar ese lenguaje
aunque fuera chino. Bastará un soplo
de viento para borrarlo. No es cierto
que la Naturaleza sea muda. Habla sin ton ni son
y la única esperanza es que no se ocupe
demasiado de nosotros.

domingo, 5 de junio de 2011

La Brasita (El Churrinche: "Pirocephalus rubinus")


Brasita, rosa del aire
flecha de la madrugada,
compañera del lucero,
anunciadora del alba.

Viene cortando lo gris
y su alegría desgrana
por el cielo en el milagro
habitual de su garganta.

Un lampo de aurora luce
en su pecho, viva grana,
y en su trino alborozado
la claridad se adelanta.

A su canto se enredaron
hálitos del campo en calma,
el suspiro del rocío
y la música del agua.

Una emoción jubillosa
cruza el campo cuando canta
y los pastos se despiertan
para ponerse a escucharla.

Dichoso la mima el árbol
donde anida enamorada
y la brisa tiene un gesto
maternal para mimarla.

Gota de sangre solar
hecha pimpollo con alas,
brote del aire travieso,
pétalo de la alborada,
brasita, lirio de fuego
clavel de la luz temprana.

Del libro: "Pájaros de nuestra tierra"